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La doble herida de los musulmanes de Aldgate

Gonzalo Suárez*
 

Londres- Un inusual silencio se palpaba ayer en Brick Lane, la populosa arteria comercial de Bethnal Green, uno de los principales barrios musulmanes de Londres. A escasos cien metros se encuentra la estación de Aldgate, uno de los cuatro lugares elegidos por los terroristas para su ataque del jueves, donde al menos siete personas fallecieron.
   Aunque lo peor ya ha pasado, las recoletas callejuelas de este vibrante distrito del este de la ciudad aún no han sido capaces de recuperar su habitual bullicio. «Llevamos tres días sin casi clientela», aseguraba Rahman Abdul, propietario de una tienda de discos importados de Oriente Medio. «La gente está traumatizada y no quiere salir a la calle, hay una enorme preocupación por lo que pueda ocurrir».
   La herida del 7–J fue doble para los 75.000 musulmanes de Aldgate. Al trauma de sufrir un atentado en su propio barrio, se ha añadido el temor ante el posible estallido de tensiones con otros grupos religiosos. Numerosas parejas de agentes patrullaban ayer por el barrio, signos visibles de la operación policial que se ha desplegado para evitar represalias contra el millón de musulmanes que viven en la ciudad.
   
Víctimas indirectas. El mensaje de los comerciantes de Brick Lane es alto y claro: los responsables de la masacre no representan a la inmensa mayoría de los musulmanes. De hecho, muchos consideran que ellos mismos serán víctimas indirectas de la tragedia, puesto que sospechan que el Gobierno estrechará el cerco sobre una comunidad que ya desde el 11–S ha experimentado infinidad de arrestos preventivos y cacheos sin motivo aparente. «Es injusto que nos persigan por nuestra religión», se quejaba Ahmed Zewail, dependiente de quiosco ubicado a unos pasos de la estación. «Por ejemplo, nadie dice que todos los irlandeses son terroristas por culpa del IRA… Esta gentuza no representa al verdadero Islam, una religión que predica el respeto al prójimo». Desde el primer minuto, se produjo un intento consciente de desvincular los atentados de la comunidad musulmana en su conjunto. De hecho, Aldgate no fue la única zona islámica afectada por la tragedia: en Edgware, al oeste de la capital, fallecieron al menos otras siete personas. Ayer, varios periódicos llevaron a sus portadas la historia de Shahara Akther Islam, una bella joven de 20 años desaparecida en el atentado de Aldgate, un símbolo de que los terroristas no distinguieron entre distintas creencias durante su orgía criminal. «Que se olviden de razas y religiones, los asesinos mataron gente obrera que se dirigía a trabajar, esa es la cruda realidad», asegura el joven Abdul.
   En su comparecencia pública del jueves, Tony Blair lanzó un mensaje de concordia. «Sabemos que esta gente actúa en el nombre del Islam, pero también sabemos que la gran mayoría de los musulmanes son personas decentes», proclamó. Los representantes de la comunidad islámica agradecieron las palabras del primer ministro y, además de condenar los atentados, pidieron la colaboración ciudadana para detener a los culpables. «Un minúsculo grupo de nuestra comunidad pretende arruinar nuestras buenas relaciones con otros grupos», denunció Ahmed Sheikh, presidente de la Asociación Musulmana Británica.
   Sin embargo, esta demostración de unidad ante la catástrofe no ha evitado el estallido de unos 70 incidentes de odio racial que podrían estar relacionados con el 7–J. Por ejemplo, el Consejo Musulmán del Reino Unido recibió el viernes miles de mensajes amenazantes que colapsaron su sistema informático. Mientras, un templo «sikh» en Kent y una mezquita en Leeds han sufrido incendios «sospechosos» desde los atentados, según la Policía.
   
Armonía rota. Aunque de momento este tipo de agresiones sean incidentes aislados, persiste el temor a que cuando se apacigüe la tormenta de los atentados, las frágiles relaciones interreligiosas tarden años en recuperarse del varapalo. Y Aldgate, donde decenas de razas, religiones e idiomas conviven en aparente armonía, sería uno de los barrios donde la fractura se deje notar con más intensidad.
   «Cuando ocurrió el 11–S estaba en Canadá», recuerda Ryan Miah, dependiente de una tienda de deportes a una treintena de metros de la estación. «Durante unos días, la gente me escupía por la calle y me insultaba sin parar. Fue muy duro en su momento, pero sería aún peor si ocurre aquí. Esta es mi ciudad y mi barrio. Todos los que vivimos en Aldgate, seamos de la religión que seamos, somos víctimas por igual del odio de los terroristas»

* Gonzalo Suárez es periodista.
 

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