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Por qué Estados Unidos
 no quiere elecciones en Irak

NAOMI KLEIN

"El pueblo de Irak es libre”, declaró el presidente estadounidense George W. Bush el pasado martes en su informe anual ante el Capitolio. El día anterior, 100 mil iraquíes optaron por disentir. Salieron a las calles al grito de: “Sí, sí a las elecciones. No, no a la selección”.

Según el jefe de la ocupación en Irak, Paul Bremer, en realidad no hay diferencia entre la versión de la libertad de la Casa Blanca y la que se demanda en las calles. Cuando se le preguntó si su plan de formar un gobierno iraquí a través de caucus designados iba a chocar con el llamado del ayatola Ali al-Sistani a elecciones directas, Bremer dijo que no tenía ningún “desacuerdo fundamental con él”.

Fueron, dijo, sólo sutilezas. “No quiero entrar en detalles técnicos de lo que haya que afinar... Hay –si hablas con los expertos en estos asuntos– todo tipo de maneras de organizar elecciones parciales y caucus. Y no soy un experto en elecciones, así que no quiero entrar en los detalles. Pero siempre hemos dicho que estamos dispuestos a tomar en consideración lo que haya que afinar”.

Tampoco soy una experta en elecciones, pero estoy segura de que sí hay diferencias que no pueden ser afinadas. Los seguidores de Al-Sistani quieren que cada uno de los iraquíes tengan derecho al voto y que aquellos a quienes elijan sean los que escriban las leyes del país –o sea, una elemental democracia representativa imperfecta.

Bremer quiere que su Autoridad Provisional de la Coalición (APC) designe a los miembros de los 18 Comités de Organización regionales. Estos seleccionarán a los delegados para formar 18 Comités de Selección. Estos delegados seleccionados, a su vez, seleccionarán a los representantes de una Asamblea Nacional de Transición. La Asamblea seleccionará a un jefe del Ejecutivo y a los ministros que formarán el nuevo gobierno en Irak. Esto, dijo Bush en su informe anual, constituye “una transición a una completa soberanía iraquí”.

¿Entendido? La soberanía iraquí será establecida a través de designar a designados que designan a designados para seleccionar designados para seleccionar designados. Si a esto se suma el hecho de que Bremer fue designado para su puesto por el presidente Bush y que Bush fue designado al suyo por la Suprema Corte estadounidense, tenemos ante nosotros la gloriosa nueva tradición democrática de la Designocracia: el mandato de los seleccionados de los designados de los designados de los designados de los designados de los designados.

La Casa Blanca insiste en que su aversión a las elecciones es puramente práctica: simplemente no hay tiempo para realizarlas antes de la fecha límite del 30 de junio. Entonces, ¿para qué tener una fecha límite? La más recurrida explicación es que Bush necesita algo de qué jactarse en su la campaña: cuando su rival demócrata mencione el espectro de Vietnam, Bush responderá que la ocupación ya terminó, que vamos de salida.

Nomás que Estados Unidos no tiene ninguna intención de salirse en realidad de Irak; quiere que sus tropas permanezcan ahí, y quiere que Bechtel, MCI y Halliburton se queden y se encarguen del sistema de agua potable, la telefonía y los campos petroleros. Fue con esta meta que, el 19 de septiembre, Bremer logró que se aprobara un vasto paquete de reformas económicas que The Economist describió como “un sueño capitalista”.

Un milagro

Pero el sueño, aunque aún esté vivo, corre peligro. Un creciente número de expertos legales cuestiona la legitimidad de las reformas de Bremer, con el argumento de que bajo las leyes internacionales que gobiernan a los poderes de ocupación –las Regulaciones de la Haya de 1907 y la Convención de Ginebra de 1949– la APC sólo puede actuar como el cuidador de los bienes económicos de Irak, no como su subastador. Cambios radicales, como la Orden 39 de Bremer, que abrió la industria iraquí para permitir 100% de propiedad extranjera, violan estas leyes y, por lo tanto, podrían fácilmente ser anuladas por un gobierno iraquí soberano.

Esta perspectiva tiene seriamente espantados a los inversionistas extranjeros, y muchos están optando por no ir a Irak. Las principales aseguradoras privadas tampoco le están entrando, tras evaluar que en Irak el riesgo de expropiación es demasiado alto. Bremer respondió cancelando de manera callada el plan que había anunciado de privatizar las 200 empresas estatales de Irak; en su lugar, puso 35 compañías en arrendamiento (con una opción posterior de compra). Para la Casa Blanca, la única manera de continuar con su gran plan económico es que la ocupación militar termine: sólo un gobierno soberano iraquí, sin las ataduras de las Regulaciones de la Haya y de Ginebra, puede vender legalmente los bienes de Irak.

Pero, ¿lo hará? A juzgar por la extendida percepción de que Estados Unidos no planea reconstruir Irak sino saquearlo, si se les diera a los iraquíes la posibilidad de votar mañana, bien podrían decidir inmediatamente expulsar a las tropas estadounidenses y revertir el proyecto de privatización de Bremer, y, en su lugar, optar por proteger los empleos locales. Y esa perspectiva aterrador –mucho más que la ausencia de un censo– explica por qué la Casa Blanca pone tanto empeño en luchar por su designocracia.

Bajo el actual plan estadounidense para Irak, la Asamblea Nacional de Transición permanecería en el poder del 30 de junio hasta que se lleven a cabo elecciones generales, “a más tardar” el 31 de diciembre de 2005. Eso da 17 relajados meses para que un gobierno no electo haga lo que la APC no pudo hacer legalmente por sí sola: invitar a las tropas estadounidenses a permanecer indefinidamente y convertir el sueño capitalista de Bremer en ley que debe ser cumplida. Sólo después de que se hayan tomado estas importantes decisiones, los iraquíes serán invitados a participar. La Casa Blanca llama a esto “auto-gobierno”. Es, en realidad, la definición perfecta de gobierno-desde-el-exterior, ocupación a través de la subcontratación.

Eso significa que el mundo, de nuevo, tiene que tomar una decisión respecto a Irak. ¿Nacerá muerta la democracia, con tropas extrajeras metidas en su territorio, multinacionales con contratos de varios años controlando recursos estratégicos, y un afianzado programa económico que ya dejó entre 60 y 70% de la población en el desempleo? ¿O nacerá la democracia con el corazón aún latiendo, capaz de construir el país que los iraquíes escojan?

De un lado están las fuerzas de ocupación. Del otro, los crecientes movimientos que demandan derechos económicos y el voto. Cada vez más, las fuerzas de ocupación responden a estas fuerzas con la fuerza bruta para romper las manifestaciones, como hicieron los soldados británicos en Amarah a principios de mes, matando a seis. Sí, hay fundamentalistas religiosos y leales a Sadam que capitalizan la furia, pero la sola existencia de estos movimientos pro-democracia ya es una especie de milagro: tras 30 años de dictadura, guerra, sanciones y ahora ocupación, definitivamente sería comprensible que los iraquíes enfrentaran más penurias con fatalismo y resignación. Por el contrario, la violencia de la terapia de shock de Bremer empujó a cientos de miles a la acción.

Esta valentía merece nuestro apoyo. La semana pasada, en el Foro Social Mundial en Mumbai, India, la escritora y activista Arundhati Roy llamó a las fuerzas globales que se opusieron a la guerra en Irak a “convertirse en la resistencia global a la ocupación”. Sugirió escoger “dos de las principales empresas que están lucrando con la destrucción de Irak” y hacerlas blanco de boicots y desobediencia civil.

En su informe anual, el presidente Bush dijo: “Creo que Dios ha plantado en cada uno de los corazones el deseo de vivir en libertad. Aun cuando ese deseo sea aplastado por la tiranía durante décadas, resurgirá”. En Irak, cada día que pasa comprueban que tiene razón –y las voces que se alzan proclaman: “No, no Estados Unidos. Sí, sí elecciones”.

(Traducción: Tania Molina Ramírez. Copyright 2004 Naomi Klein)

*Naomi Klein es autora de No Logo y Vallas y ventanas

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