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Un reconocimiento que dará sentido al proceso de paz

MUNDO ARABE.ORG 20/09/2011

 

En la mañana del 13 de septiembre de 1993, Mahmud Abbas, uno de los arquitectos de los Acuerdos de Oslo, seguramente no pensó que dieciocho años después estaría lidiando con lo mismo con que los presentes en ese momento parecían estar de acuerdo y a punto de firmar. Ni él, ni ninguno de los palestinos presentes en los jardines de la Casa Blanca, querían creer lo que cuatro años antes, en el Palacio Real de Madrid, dijo el entonces primer ministro israelí, Yitzhak Shamir: “Centrarse... en la cuestión territorial, llevará rápidamente a un callejón sin salida”. 

El hombre que ocupaba la silla situada justo detrás de Shamir miraba de reojo a la Delegación palestina y movía la cabeza,  asintiendo lo que acababa de decir su jefe. Aquél hombre era el portavoz de la Delegación israelí en la Conferencia de Madrid de 1991 y, ahora, veinte años después, es el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.

 Han pasado prácticamente dos décadas desde que árabes e israelíes se sentaron frente a frente en Madrid, buscando una salida global y negociada para los territorios árabes – palestinos, sirios, libaneses y jordanos- que Israel ocupó en 1967 y 1982. El conflicto entre Israel y Jordania, comparando con el caso de palestinos, sirios y libaneses, fue sobre cuestiones de poca envergadura, como la demarcación de la frontera y los recursos hídricos, y fue resuelto con un acuerdo que favorecía a Israel, permitiéndole seguir donde estaba, a través de una fórmula –literalmente- de arrendamiento. Esta fórmula de arrendamiento de territorio y recursos era imposible de aceptar en el caso de Siria, dada la importancia estratégica de los Altos del Golán (sus abundantes recursos hídricos y ubicación geográfica en la frontera de cuatro países)  y su tamaño de 1.200km². El rechazo de Israel a una retirada total de este territorio sirio, basada en la resolución 242 de la ONU, y su insistencia en la “fórmula de arrendamiento” de una parte de los Altos del Golán, pusieron fin al precoso de negociaciones entre ambos países.

El fracaso del diálogo entre Siria e Israel, significó también la paralización de la negociación con el Líbano, rompiendo así el pilar más importante del proceso iniciado en la Conferencia de Madrid: la solución global. Este pilar del proceso fue construido sobre la idea de que hubiese negociaciones simultáneas y sobre todas las cuestiones conflictivas, el avance en una vía no significaba un acuerdo automático, sino un avance a la espera de otros avances en las negociaciones que llevaban a cabo las otras delegaciones con Israel. Pero lo que empezó como un proceso de paz que buscaba una solución integral al conflicto entre Israel y sus vecinos, al cabo de dos años, terminó necesitando de otras fórmulas que pudiesen reanimar el proceso de paz, al menos en el carril palestino-israelí.

Los sirios y libaneses siguieron fieles a las bases del proceso de paz acordadas con Estados Unidos y la ONU antes de llegar a la Conferencia de Madrid, e insistían en que un acuerdo de paz sería únicamente posible mediante la aplicación de las resoluciones de la ONU y la retirada israelí de los territorios ocupados. Es decir, sirios y libaneses entendieron correctamente la estrategia del Likud: hablar de todo menos la cuestión territorial.

Dada la hegemonía estadounidense tras el fin de la Guerra Fría y el poyo incondicional a Israel, ningún gobierno israelí tenía prisa para resolver el conflicto con Siria y el Líbano. Estos dos últimos países, sabiéndose en un momento de debilidad política y en un mundo unipolar, tampoco tenían prisa para firmar un arreglo cualquiera. Esperar resultaba más razonable que ceder.

Los palestinos, por el contrario, no tenían este margen de maniobra. Debían aferrarse al proceso de paz para no terminar siendo olvidados, sin aliados y acosados por un Occidente aliado prácticamente incondicional de Israel. Lo importante para la OLP no era la aplicación inmediata de las resoluciones de Naciones Unidas 242, 338 y 194, sino el mantenimiento de un proceso que las tuviera en cuenta como una referencia sustancial para una futura solución negociada. Negociar significaba mantener viva la solución de dos Estados.

Para la derecha israelí, la descolonización territorial era la más complicada de asumir en el proceso y, por tanto, había que crear lo máximo posible de hechos consumados sobre el terreno e imponer alteraciones demográficas que los negociadores israelíes utilizarían durante las negociaciones para obstaculizar el diálogo y, además, servir parcialmente como supuestas concesiones en caso de un hipotético acuerdo. Esta doctrina de construcción masiva de asentamientos implantada por el Likud fue abrazada también por el Partido Laborista. Ambos la materializaron mediante la instalación masiva en Cisjordania y Jerusalén Oriental de inmigrantes judíos llegados a Palestina desde la ex Unión Soviética. De hecho, el número de colonos en los territorios ocupados palestinos en 1991, año en que se celebró la Conferencia de Madrid, no superaba los 100.000 colonos. Hoy, después de veinte años de negociaciones, el número de colonos israelíes supera los 500.000. La imposibilidad de decidir sobre el terreno, debido a los hechos consumados, hizo que los palestinos se fijasen más en su posición internacional y tratasen de mejorar su reconocimiento en el exterior con el fin de relanzar el proceso. Este esfuerzo parece estar hoy a punto de ser recompensado.

Durante todos estos años, los israelíes trataron de materializar las ideas de Yitzhak Shamir, quien declaró en la mañana del 31 de octubre de 1991, en el Palacio Real de Madrid, que “Sería lamentable que las conversaciones se centrasen primordial y exclusivamente en el tema territorial. Es el camino más rápido a un callejón sin salida”. La cuestión primordial para los israelíes ha sido y es la gobernabilidad de la población palestina que vive en Cisjordania y Gaza, y las vías posibles para que tengan un autogobierno que administre sus asuntos civiles de forma autónoma. Siguiendo esta doctrina sionista sobre el futuro de los palestinos de Cisjordania y Gaza, el Gobierno israelí impuso desde el principio la exclusión de las cuestiones de Jerusalén, los refugiados, los asentamientos israelíes, la seguridad y las fronteras en los Acuerdos de Oslo, prometiendo tratar de “aclararlos” en una segunda fase, al cabo de cinco años.

Esa segunda fase, mencionada en los Acuerdos de Oslo, debía haber llegado en mayo de 1996, pero nunca llegó. En su lugar, se intensificó la construcción de los asentamientos, esta vez, por parte del gobierno del Partido Laborista y, seis años después, la construcción del muro de 721 km. que sitia y encierra en un callejón a la población palestina de Cisjordania.

Hoy, el callejón sin salida que prometía Yitzhak Shamir se ha convertido en una realidad. Benjamín Netanyahu, entonces su portavoz y ahora primero ministro, sigue la línea marcada en el invierno de 1991.  Nada más llegar al poder, con el apoyo de la extrema derecha formada por inmigrantes procedentes de la ex Unión Soviética, mandó ampliar los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Oriental, acelerando incluso la confiscación de tierras y propiedades palestinas.

Ni Obama, a pesar de sus promesas realizadas hace ahora un año en el Cairo, ni la UE han sido capaces de detener esta política de hechos consumados. La falta de seriedad de los patrocinadores del proceso hizo que Abbas buscase fortalecer la dimensión jurídica en un intento de forzar a Israel a tomar en serio las negociaciones. El pasado otoño, mientras almorzaban en Ramala, Qais Assamrai -el hombre que hace cuatro décadas diseñó la estrategia de paz de la OLP- le dijo a Abbas: “Un reconocimiento masivo del Estado de Palestina permitiría, en última instancia, acudir al TPI”. El presidente parece que le ha hecho caso.

Los palestinos, viendo la indiferencia de la comunidad internacional ante la agresividad territorial israelí, y teniendo en cuenta los acelerados cambios que recurren el Mundo Árabe, al parecer consideran – y quizás con bastante razón- que se acerca un nuevo orden regional que puede repercutir en una mejora para el futuro de Palestina. Acudir al Consejo de Seguridad de la ONU en busca del reconocimiento de un Estado palestino de pleno derecho, a pesar del anunciado veto norteamericano, podría ser el punto de inflexión -con método indirecto- en la política exterior de EEUU y su relación con Oriente Próximo que, de todos modos, necesitaría rediseñar debido a los cambios impensables hace tan sólo un año.

 

 

 

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