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Cuando
se cumple un año de
la revolución
tunecina, detonante
de la llamada
Primavera Arabe, es
fácil hacer juegos
de palabras sobre
los cambios de
estación, pero muy
difícil abordar en
toda su complejidad
la situación y aún
menos hacer
pronósticos. Sólo
dos cosas parecen
claras: que el
movimiento sísmico
puesto en marcha el
17 de diciembre de
2010 con la
inmolación de
Mohamed Bouazizi va
a continuar, con
réplicas y
contrarréplicas, a
lo largo de toda la
geografía de la
región; y que las
tentativas de
intervención de las
potencias
occidentales -o de
sus aliados en la
zona, como Turquía,
Arabia Saudí y
Qatar, con sus
propios proyectos y
ambiciones- se harán
tanto más decididas
cuanto más se
prolonguen las
agonías locales.
El ejemplo más
evidente de cómo se
conjugan estos dos
elementos es Egipto,
donde las recidivas
revolucionarias de
noviembre y
diciembre han ido
acompañadas de un
ejercicio represivo
comparable o
superior al del
régimen de Moubarak
por parte de una
Junta Militar que
trata malamente de
conciliar el
“discurso
revolucionario” con
los intereses de
EEUU e Israel. De lo
que ocurra en Egipto
dependerá en gran
medida, en los
próximos meses, la
evolución y
desenlace de los
procesos de cambio
en los otros países
de la región.
Lo mismo vale para
Siria, el otro nudo
central de Oriente
Próximo. Tras diez
meses de
levantamiento
popular contra un
régimen feroz que,
más allá de su
retórica
“resistente”, ha
garantizado durante
décadas el estatus
quo en la zona, da
la impresión de que
la beligerancia de
Occidente y de la
Liga Árabe está
dando paso -frente a
la respuesta de
Rusia- a una
solución negociada a
muchas bandas de la
que serán excluidas
o marginadas -si no
directamente
sacrificadas- las
fuerzas populares
protagonistas de la
revolución. Esta
tendencia puede
verse descarrilada,
o al menos
deformada, por la
propia dinámica
acción-represión,
que ha alcanzado un
punto difícilmente
reversible.
Túnez va a jugar un
papel fundamental en
los proyectos
“estabilizadores”
del Maghreb. Por un
lado, su mayor
homogeneidad y su
menor tamaño
determinan que el
primer país donde
estalló la
revolución sea el
primero también en
adoptar una
institucionalidad
democrática
convencional. Al
mismo tiempo, las
elecciones a la
Constituyente dieron
la victoria a las
fuerzas islamistas
reprimidas durante
décadas de
dictadura,
desencadenando un
proceso tan
contagioso en los
países vecinos como
lo fue la propia
revuelta. Basta ver
el resultado de las
elecciones de
Marruecos o de
Egipto y el renovado
empuje del islamismo
en Argelia. En
Libia, donde la
criminal
intervención de la
OTAN no proporciona
a las potencias
occidentales ninguna
ventaja comparativa,
esas fuerzas
islamistas son las
únicas capaces de
construir sociedad
civil e
instituciones
estables; y en ese
sentido será
determinante la
influencia del Nahda
tunecino, partido
que mantiene
relaciones
privilegiadas con
los Hermanos
Musulmanes libios.
Durante los próximos
meses vamos a
asistir a un
forcejeo entre los
partidos islamistas
y los mismos
gobiernos
occidentales que
apoyaron dictaduras
feroces para
contenerlas. Si es
aventurado decir que
el islamismo -ahora
“democrático”- vaya
a enfrentarse al
imperialismo, mucho
más absurdo es
pretender que es y
ha sido siempre un
obediente peón
imperialista. Los
islamistas harán
toda clase de
concesiones
económicas y
políticas, pero
permanecerá siempre
viva la cuestión que
garantiza el
carácter anti-imperialista
de unos
levantamientos que
en su origen no son
ni de izquierdas ni
de derechas, ni
partidistas ni
islámicos:
Palestina. Los
gobiernos islamistas
que surjan en la
región se verán
prisioneros de esta
doble presión: la de
EEUU e Israel y la
de los propios
pueblos insurgentes,
cuyas demandas
sociales y
económicas
insatisfechas son
inseparables de su
enérgica conciencia
anti-sionista.
En este sentido,
habrá que estar muy
pendientes de las
nuevas subpotencias
regionales que
asoman la cabeza en
Oriente Próximo y en
el Golfo y que
buscan gestionar en
su favor la
Primavera Árabe al
mismo tiempo que
contener el
contagioso
descontento de sus
poblaciones.
Enfrentados entre
sí, el Golfo Árabe e
Irán verán muy
probablemente
activarse protestas
y movilizaciones
populares. De hecho,
dos de los
levantamientos más
importantes y más
olvidados se han
producido en Yemen y
Bahrein y Arabia
Saudí, Kuwait y los
Emiratos ya han
sentido sus
vibraciones y
tendrán que afrontar
en los próximos
meses demandas
crecientes de
democracia popular.
El enfrentamiento
entre el Golfo árabe
e Irán -de acuerdo
sólo en acabar con
las revoluciones
árabes- llevará a un
creciente conflicto,
inducido y
alimentado de manera
interesada, entre
sunníes y chíies.
Torcer las demandas
democráticas hacia
enfrentamientos
religiosos,
sectarios y civiles
formará parte de las
estrategias
destructivas
instrumentalizadas
por las dictaduras
locales y por las
potencias
occidentales contra
la Primavera Árabe.
Una última cosa está
clara: los pueblos
árabes, tras décadas
de petrificación,
han desencadenado
una enorme
revolución
democrática,
poniendo en
dificultad con ello
a todas las fuerzas
en conflicto, de
derechas y de
izquierdas. En eso
están de acuerdo
todos: la democracia
en esta zona del
mundo no sólo es
incómoda sino
directamente
desestabilizadora.
Puede tener efectos
incluso
apocalípticos. El
dilema es
angustioso. Ya no se
puede volver atrás,
pero no se puede
permitir de ninguna
manera que los
árabes decidan su
propio destino.
Según el país y el
escenario, una
combinación de
pequeñas
concesiones,
discretas
conspiraciones y
duras intervenciones
tratarán de salvar
el mundo de estos
árabes bárbaros y
sus demandas
absurdas, fuente una
vez más de todas las
amenazas. En eso
coinciden los
estrategas del
Pentágono y los
líderes de la
izquierda mundial.
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