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La primavera árabe, el invierno europeo
XAVIER DOMÈNECH

MUNDO ARABE.ORG 04/01/2012 diarioinformacion.com/

En los últimos años nos habíamos acercado bastante al sueño de nacer con todos los gastos pagados, y ahora temblamos por la amenaza de perderlo. No sólo nosotros, sino la mayoría de europeos occidentales, aunque algunos envidiamos las lágrimas con que lloran otros. El miedo a la pérdida del paraíso nos tiene acurrucados a ras del suelo, tratando de ofrecer la mínima superficie a los impactos que se anuncian. A punto para recibir los palos.

¿Todo pagado? Veámoslo. Podemos nacer en un hospital público o concertado sin que ni la estancia, ni el quirófano, ni médico, ni las enfermeras, ni la epidural y las gasas cuesten un centavo a nuestra madre. Esta tiene derecho a cuatro meses de baja pagada para cuidarnos. Después nos llevarán a la guardería, que si es municipal, sólo cobra una parte de lo que realmente cuesta. A los tres años entraremos en el parvulario, y comenzará un largo periodo escolar que no acabará hasta que ya nos afeitemos o depilemos, siempre a cargo de la cosa pública.
Si seguimos estudiando, podemos optar por una universidad pública, que sólo nos cargará una pequeña parte del coste de nuestros estudios. Entraremos entonces, con mayor o menor fortuna, en el mercado laboral. Viajaremos en transporte público pagando el 40% del coste, y si nos ponemos enfermos, tendremos derecho a médicos y hospitales gratis y medicamentos con el 60% de descuento.

Cuando seamos lo bastante mayores nos pagarán un dinero para que podamos vivir sin trabajar el resto de nuestra vida. A todo eso tendremos derecho tanto si somos de buena cuna como si somos curritos sin título. Y todo eso es lo que hemos tomado conciencia de que está en peligro.

Quizás en la fábrica el peón cobra la mitad que el encargado, pero el salario social de ambos es bastante similar, lo que amortigua las diferencias. Esta es la gracia del estado del bienestar. Es un sistema de redistribución de rentas que engloba la mayoría de la gente, aunque no toda: quedan fuera los que han esquivado sus obligaciones fiscales. Pero incluso sin esta aportación, que sería relevante, el sistema ha ido funcionando y agrandándose. Hasta que ha llegado la crisis y alguien ha dicho: "se acabó el dinero".

Y este mensaje, que ya llevaba un tiempo circulando, ha estallado como nunca en nuestro país este 2011, en que las plazas se han llenado de indignados hartos de ver cómo se reducen los dos salarios, el directo y el social, mientras los altos directivos de las entidades financieras, las que animaron la burbuja inmobiliaria, las que han tenido que ser rescatadas con dinero público y que ahora niegan el crédito que necesitan las pymes para no morir, cobran sueldos espectaculares, primas y bonificaciones. El año de los cinco millones de parados ha vivido en España el estallido del movimiento del 15-M, el de los llamados indignados, que han tenido imitadores incluso en Estados Unidos, y que al cabo defendían la pervivencia del salario social y, para defenderlo, planteaban fortalecer el dominio de la política sobre la economía, y no al revés, como suele ocurrir y como este año hemos visto quizá más que nunca, con los grandes inversores haciendo bailar los gobiernos y con la prima de riesgo provocando sustos continentales.

La protesta se hace global

Las acampadas del 15-M se inspiraron en la plaza Tahrir de El Cairo, símbolo de la llamada primavera árabe. Todo empezó el 4 de enero con la muerte de Mohamed Bouazizi en Túnez, pistoletazo de salida para un amplísimo movimiento que dio protagonismo a las redes sociales como instrumento de convocatoria y realimentación de la protesta. En unos países donde muchas casas no tienen telefonía fija, la celular está en cambio muy esparcida, y la confluencia tecnológica que permite usar los móviles como ordenadores de bolsillo conectados a Internet constituye una herramienta impagable para que las consignas circulen de una punta a otra de la ciudad y del país a la velocidad de la luz. La revuelta de Túnez triunfó y consiguió derribar el régimen.

La noticia llegó a Egipto, y comenzó el movimiento de la plaza Tahrir, seguido con una extrema atención por todo el planeta, y que finalmente recibió como premio un golpe de estado de una parte del régimen contra la otra. El poder, cuando está bien instalado, no se deja desmantelar por un grupo de manifestantes. Al cabo de los meses, los sublevados volvieron a la plaza para denunciar que el nuevo régimen nacía viciado por la tutela de los mismos militares que manejaban el anterior. La facilidad del cambio en Túnez había sido deslumbrante y engañosa.

En Libia, las peculiaridades tribales derivaron pronto las protestas en guerra civil, y en Siria el dictador y sus grupos de apoyo las están ahogando en un baño de sangre con miles de muertos. La primavera árabe ha tenido unos frutos muy diversos y en parte escasos, pero la poética del manifestante se ha convertido en el gran relato internacional del año, con el reconocimiento de la revista Time, que ha convertido el "protester" anónimo en "person of the year".

Si los egipcios bajan a la plaza y consiguen cosas, ¿por qué no en la democrática Europa? La acampada de la plaza del Sol, en Madrid, también atrajo el interés de medio mundo, pero sus objetivos eran más complejos. En el Cairo se trataba, antes que nada, de hacer caer el gobierno y crear un nuevo régimen a partir de unas elecciones libres. En Europa a los gobiernos los tumban las urnas, y ciertamente fue así en España, aunque no es seguro que el resultado llenara de alegría los defensores de la "democracia real" que encadenaban asambleas. El año del 15-M ha sido también el año en que España se ha incorporado al mapa de la Europa gobernada por los conservadores, que es casi tanto como decir, simplemente, el mapa de Europa: allí donde no mandan los equivalentes locales de nuestro PP es porque se ha instalado un gobierno de tecnócratas con el visto bueno de Merkozy, Bruselas y Frankfurt.

Expulsado Zapatero del gobierno, el movimiento del 15-M parece haberse desinflado. La pérdida de fuerza de la protesta no es ajena a la sensación general de impotencia que se ha esparcido por todo el continente, de Grecia a Londres, a la vista de la absoluta ineficacia de las movilizaciones allí donde se han dado. Es cierto que Berlusconi dimitió, pero fue porque el resto de la zona euro tenía un miedo fundamentado a su absoluta indecisión acabara poniendo a Italia en el mismo camino que Grecia, y la bota es demasiado grande para ser rescatada. Las protestas ciudadanas tuvieron en ello un papel menor, y en todo caso no lograron el propósito de fondo de variar el signo de las recetas económicas. No sólo la calle no ha ganado batallas significativas, sino que los disturbios incendiarios del barrio londinense de Tottenham llenaron de temor a la mayoría de ingleses, y los estados de miedo son enemigos de las manifestaciones de protesta.

El miedo se está convirtiendo en el elemento central del nuevo paradigma. Miedo a que las cosas vayan aún peor, a que el estado del bienestar se desmonte aún más. Al sufrimiento por la fragilidad del salario directo se suma ahora el miedo a perder el salario indirecto, aquel que nos permite salir adelante en condiciones precarias, porque ni una enfermedad nos dejará sin médico ni el paro dejará sin instituto a nuestros hijos.

Una herencia envenenada

Esos que, según todos los pronosticadores, quizás vivirán peor que sus padres. Pero quizás los que hoy tienen entre cincuenta y sesenta años serán la primera generación que se jubilará peor que sus progenitores. Postrados por el pánico, aceptaremos lo que sea: que vengan el látigo y el cilicio, el ayuno y la abstinencia. A poco que se esfuercen nos convencerán de que la culpa es nuestra. Esta es la herencia que 2011 deja a 2012.

Hace un año la Unión Europea se dividía en la zona euro y el resto: los trece y los catorce. Hoy disfruta de una nueva forma de ordenación: Gran Bretaña y los otros veintiséis. Hace unas semanas, el euro parecía a punto de estallar y los gobiernos y las instituciones financieras exigían a sus expertos que perdieran horas de sueño para anticipar qué pasaría si la moneda única se iba a la porra. En las hemerotecas se puede localizar abundante literatura de economía-ficción sobre la vida cotidiana al día siguiente del regreso de la peseta, del franco, de la lira y del marco.
Hoy, la quiebra del euro parece un horizonte improbable, y el BCE se ha ingeniado la manera de inyectar dinero en la deuda pública de los estados con problemas sin que se lo afeen. La cumbre de diciembre de la Unión Europea en Bruselas marcó un punto de inflexión en una larga batalla por el papel de gallo del gallinero, y ganaron los teutones.

La cumbre contempló la rendición de los periféricos a las condiciones del grupo central liderado por Alemania: un compromiso firme de disciplina y austeridad presupuestarias a cambio de desbloquear la máquina de imprimir euros del BCE, que a continuación inundó a sus bancos privados para que éstos, a su vez, compraran deuda pública.

Pero mientras los banqueros españoles invierten en ella, al 4% y al 5%, un dinero que el BCE les deja al 1,5%, los empresarios siguen con el grifo del crédito cerrado, y las administraciones no podrán ejercer de motor hasta que no hayan bajado el déficit hasta el cero absoluto y la deuda hasta niveles ínfimos. No es extraño que se anuncien crecimientos bajos, o pura y dura recesión.

Estancamiento europeo

En Europa occidental, porque en el resto del mundo es otra cosa. Lo ha estado recordando Punset: esta no es una crisis global, porque no lo está sufriendo todo el mundo. Mientras Europa gime, China prospera. Allí han comenzado las pruebas de un tren capaz de superar los 500 km por hora. Pero la fiebre amarilla por la alta velocidad se empieza a enfriar: las autoridades tienen miedo al gran endeudamiento que provoca este tipo de infraestructuras.

Aquí esto nos suena, allí no quieren que pase, y tienen poder para evitarlo. Las autoridades chinas gobiernan con mano de hierro un capitalismo peculiar, muy sometido al poder político. La vía china a la prosperidad prevé que un cierto número de emprendedores se enriquezca mucho, como medio necesario para que crezca el PIB, pero no admite ni el pluralismo político ni la contestación social. En Europa ambos están consagrados, pero la mayoría acepta voluntariamente el pretendido carácter inevitable del credo de la disciplina y se dispone a pasar por el purgatorio, sin Virgilio que nos entretenga.

A falta de un buen lírico que la oriente, Europa se distrae tuiteando cotilleos sobre famosos que se divorcian o se dejan de divorciarse, mientras que en China la autoridad de hierro se emplea con bastante éxito a impedir el funcionamiento libre de Internet y las redes sociales, y en Rusia sirven para que cientos de miles de indignados por el fraude de las últimas elecciones hayan plantado cara a Putin y compañía.

Los medios de comunicación tradicionales, controlados por el poder de forma directa o indirecta, voceaban la verdad oficial, pero tuits narraban otra cosa. Como en Túnez, como en Egipto. Como en Siria, donde los móviles usados como videocámaras han mostrado el alcance de la represión. No son las redes las que originan las revoluciones, pero sí se han convertido en un acelerador cuando se dan las condiciones. Y en los años que vienen pueden ir saltando muchos tapones ajustados a presión. 

 

 

 

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