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En los últimos años
nos habíamos
acercado bastante al
sueño de nacer con
todos los gastos
pagados, y ahora
temblamos por la
amenaza de perderlo.
No sólo nosotros,
sino la mayoría de
europeos
occidentales, aunque
algunos envidiamos
las lágrimas con que
lloran otros. El
miedo a la pérdida
del paraíso nos
tiene acurrucados a
ras del suelo,
tratando de ofrecer
la mínima superficie
a los impactos que
se anuncian. A punto
para recibir los
palos.
¿Todo pagado?
Veámoslo. Podemos
nacer en un hospital
público o concertado
sin que ni la
estancia, ni el
quirófano, ni
médico, ni las
enfermeras, ni la
epidural y las gasas
cuesten un centavo a
nuestra madre. Esta
tiene derecho a
cuatro meses de baja
pagada para
cuidarnos. Después
nos llevarán a la
guardería, que si es
municipal, sólo
cobra una parte de
lo que realmente
cuesta. A los tres
años entraremos en
el parvulario, y
comenzará un largo
periodo escolar que
no acabará hasta que
ya nos afeitemos o
depilemos, siempre a
cargo de la cosa
pública.
Si seguimos
estudiando, podemos
optar por una
universidad pública,
que sólo nos cargará
una pequeña parte
del coste de
nuestros estudios.
Entraremos entonces,
con mayor o menor
fortuna, en el
mercado laboral.
Viajaremos en
transporte público
pagando el 40% del
coste, y si nos
ponemos enfermos,
tendremos derecho a
médicos y hospitales
gratis y
medicamentos con el
60% de descuento.
Cuando seamos lo
bastante mayores nos
pagarán un dinero
para que podamos
vivir sin trabajar
el resto de nuestra
vida. A todo eso
tendremos derecho
tanto si somos de
buena cuna como si
somos curritos sin
título. Y todo eso
es lo que hemos
tomado conciencia de
que está en peligro.
Quizás en la fábrica
el peón cobra la
mitad que el
encargado, pero el
salario social de
ambos es bastante
similar, lo que
amortigua las
diferencias. Esta es
la gracia del estado
del bienestar. Es un
sistema de
redistribución de
rentas que engloba
la mayoría de la
gente, aunque no
toda: quedan fuera
los que han
esquivado sus
obligaciones
fiscales. Pero
incluso sin esta
aportación, que
sería relevante, el
sistema ha ido
funcionando y
agrandándose. Hasta
que ha llegado la
crisis y alguien ha
dicho: "se acabó el
dinero".
Y este mensaje, que
ya llevaba un tiempo
circulando, ha
estallado como nunca
en nuestro país este
2011, en que las
plazas se han
llenado de
indignados hartos de
ver cómo se reducen
los dos salarios, el
directo y el social,
mientras los altos
directivos de las
entidades
financieras, las que
animaron la burbuja
inmobiliaria, las
que han tenido que
ser rescatadas con
dinero público y que
ahora niegan el
crédito que
necesitan las pymes
para no morir,
cobran sueldos
espectaculares,
primas y
bonificaciones. El
año de los cinco
millones de parados
ha vivido en España
el estallido del
movimiento del 15-M,
el de los llamados
indignados, que han
tenido imitadores
incluso en Estados
Unidos, y que al
cabo defendían la
pervivencia del
salario social y,
para defenderlo,
planteaban
fortalecer el
dominio de la
política sobre la
economía, y no al
revés, como suele
ocurrir y como este
año hemos visto
quizá más que nunca,
con los grandes
inversores haciendo
bailar los gobiernos
y con la prima de
riesgo provocando
sustos
continentales.
La protesta se
hace global
Las acampadas del
15-M se inspiraron
en la plaza Tahrir
de El Cairo, símbolo
de la llamada
primavera árabe.
Todo empezó el 4 de
enero con la muerte
de Mohamed Bouazizi
en Túnez,
pistoletazo de
salida para un
amplísimo movimiento
que dio protagonismo
a las redes sociales
como instrumento de
convocatoria y
realimentación de la
protesta. En unos
países donde muchas
casas no tienen
telefonía fija, la
celular está en
cambio muy
esparcida, y la
confluencia
tecnológica que
permite usar los
móviles como
ordenadores de
bolsillo conectados
a Internet
constituye una
herramienta
impagable para que
las consignas
circulen de una
punta a otra de la
ciudad y del país a
la velocidad de la
luz. La revuelta de
Túnez triunfó y
consiguió derribar
el régimen.
La noticia llegó a
Egipto, y comenzó el
movimiento de la
plaza Tahrir,
seguido con una
extrema atención por
todo el planeta, y
que finalmente
recibió como premio
un golpe de estado
de una parte del
régimen contra la
otra. El poder,
cuando está bien
instalado, no se
deja desmantelar por
un grupo de
manifestantes. Al
cabo de los meses,
los sublevados
volvieron a la plaza
para denunciar que
el nuevo régimen
nacía viciado por la
tutela de los mismos
militares que
manejaban el
anterior. La
facilidad del cambio
en Túnez había sido
deslumbrante y
engañosa.
En Libia, las
peculiaridades
tribales derivaron
pronto las protestas
en guerra civil, y
en Siria el dictador
y sus grupos de
apoyo las están
ahogando en un baño
de sangre con miles
de muertos. La
primavera árabe ha
tenido unos frutos
muy diversos y en
parte escasos, pero
la poética del
manifestante se ha
convertido en el
gran relato
internacional del
año, con el
reconocimiento de la
revista Time, que ha
convertido el "protester"
anónimo en "person
of the year".
Si los egipcios
bajan a la plaza y
consiguen cosas,
¿por qué no en la
democrática Europa?
La acampada de la
plaza del Sol, en
Madrid, también
atrajo el interés de
medio mundo, pero
sus objetivos eran
más complejos. En el
Cairo se trataba,
antes que nada, de
hacer caer el
gobierno y crear un
nuevo régimen a
partir de unas
elecciones libres.
En Europa a los
gobiernos los tumban
las urnas, y
ciertamente fue así
en España, aunque no
es seguro que el
resultado llenara de
alegría los
defensores de la
"democracia real"
que encadenaban
asambleas. El año
del 15-M ha sido
también el año en
que España se ha
incorporado al mapa
de la Europa
gobernada por los
conservadores, que
es casi tanto como
decir, simplemente,
el mapa de Europa:
allí donde no mandan
los equivalentes
locales de nuestro
PP es porque se ha
instalado un
gobierno de
tecnócratas con el
visto bueno de
Merkozy, Bruselas y
Frankfurt.
Expulsado Zapatero
del gobierno, el
movimiento del 15-M
parece haberse
desinflado. La
pérdida de fuerza de
la protesta no es
ajena a la sensación
general de
impotencia que se ha
esparcido por todo
el continente, de
Grecia a Londres, a
la vista de la
absoluta ineficacia
de las
movilizaciones allí
donde se han dado.
Es cierto que
Berlusconi dimitió,
pero fue porque el
resto de la zona
euro tenía un miedo
fundamentado a su
absoluta indecisión
acabara poniendo a
Italia en el mismo
camino que Grecia, y
la bota es demasiado
grande para ser
rescatada. Las
protestas ciudadanas
tuvieron en ello un
papel menor, y en
todo caso no
lograron el
propósito de fondo
de variar el signo
de las recetas
económicas. No sólo
la calle no ha
ganado batallas
significativas, sino
que los disturbios
incendiarios del
barrio londinense de
Tottenham llenaron
de temor a la
mayoría de ingleses,
y los estados de
miedo son enemigos
de las
manifestaciones de
protesta.
El miedo se está
convirtiendo en el
elemento central del
nuevo paradigma.
Miedo a que las
cosas vayan aún
peor, a que el
estado del bienestar
se desmonte aún más.
Al sufrimiento por
la fragilidad del
salario directo se
suma ahora el miedo
a perder el salario
indirecto, aquel que
nos permite salir
adelante en
condiciones
precarias, porque ni
una enfermedad nos
dejará sin médico ni
el paro dejará sin
instituto a nuestros
hijos.
Una herencia
envenenada
Esos que, según
todos los
pronosticadores,
quizás vivirán peor
que sus padres. Pero
quizás los que hoy
tienen entre
cincuenta y sesenta
años serán la
primera generación
que se jubilará peor
que sus
progenitores.
Postrados por el
pánico, aceptaremos
lo que sea: que
vengan el látigo y
el cilicio, el ayuno
y la abstinencia. A
poco que se
esfuercen nos
convencerán de que
la culpa es nuestra.
Esta es la herencia
que 2011 deja a
2012.
Hace un año la Unión
Europea se dividía
en la zona euro y el
resto: los trece y
los catorce. Hoy
disfruta de una
nueva forma de
ordenación: Gran
Bretaña y los otros
veintiséis. Hace
unas semanas, el
euro parecía a punto
de estallar y los
gobiernos y las
instituciones
financieras exigían
a sus expertos que
perdieran horas de
sueño para anticipar
qué pasaría si la
moneda única se iba
a la porra. En las
hemerotecas se puede
localizar abundante
literatura de
economía-ficción
sobre la vida
cotidiana al día
siguiente del
regreso de la
peseta, del franco,
de la lira y del
marco.
Hoy, la quiebra del
euro parece un
horizonte
improbable, y el BCE
se ha ingeniado la
manera de inyectar
dinero en la deuda
pública de los
estados con
problemas sin que se
lo afeen. La cumbre
de diciembre de la
Unión Europea en
Bruselas marcó un
punto de inflexión
en una larga batalla
por el papel de
gallo del gallinero,
y ganaron los
teutones.
La cumbre contempló
la rendición de los
periféricos a las
condiciones del
grupo central
liderado por
Alemania: un
compromiso firme de
disciplina y
austeridad
presupuestarias a
cambio de
desbloquear la
máquina de imprimir
euros del BCE, que a
continuación inundó
a sus bancos
privados para que
éstos, a su vez,
compraran deuda
pública.
Pero mientras los
banqueros españoles
invierten en ella,
al 4% y al 5%, un
dinero que el BCE
les deja al 1,5%,
los empresarios
siguen con el grifo
del crédito cerrado,
y las
administraciones no
podrán ejercer de
motor hasta que no
hayan bajado el
déficit hasta el
cero absoluto y la
deuda hasta niveles
ínfimos. No es
extraño que se
anuncien
crecimientos bajos,
o pura y dura
recesión.
Estancamiento
europeo
En Europa
occidental, porque
en el resto del
mundo es otra cosa.
Lo ha estado
recordando Punset:
esta no es una
crisis global,
porque no lo está
sufriendo todo el
mundo. Mientras
Europa gime, China
prospera. Allí han
comenzado las
pruebas de un tren
capaz de superar los
500 km por hora.
Pero la fiebre
amarilla por la alta
velocidad se empieza
a enfriar: las
autoridades tienen
miedo al gran
endeudamiento que
provoca este tipo de
infraestructuras.
Aquí esto nos suena,
allí no quieren que
pase, y tienen poder
para evitarlo. Las
autoridades chinas
gobiernan con mano
de hierro un
capitalismo
peculiar, muy
sometido al poder
político. La vía
china a la
prosperidad prevé
que un cierto número
de emprendedores se
enriquezca mucho,
como medio necesario
para que crezca el
PIB, pero no admite
ni el pluralismo
político ni la
contestación social.
En Europa ambos
están consagrados,
pero la mayoría
acepta
voluntariamente el
pretendido carácter
inevitable del credo
de la disciplina y
se dispone a pasar
por el purgatorio,
sin Virgilio que nos
entretenga.
A falta de un buen
lírico que la
oriente, Europa se
distrae tuiteando
cotilleos sobre
famosos que se
divorcian o se dejan
de divorciarse,
mientras que en
China la autoridad
de hierro se emplea
con bastante éxito a
impedir el
funcionamiento libre
de Internet y las
redes sociales, y en
Rusia sirven para
que cientos de miles
de indignados por el
fraude de las
últimas elecciones
hayan plantado cara
a Putin y compañía.
Los medios de
comunicación
tradicionales,
controlados por el
poder de forma
directa o indirecta,
voceaban la verdad
oficial, pero tuits
narraban otra cosa.
Como en Túnez, como
en Egipto. Como en
Siria, donde los
móviles usados como
videocámaras han
mostrado el alcance
de la represión. No
son las redes las
que originan las
revoluciones, pero
sí se han convertido
en un acelerador
cuando se dan las
condiciones. Y en
los años que vienen
pueden ir saltando
muchos tapones
ajustados a
presión.
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