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Irak

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¿Qué está pasando en Irak?

Robert FISK

 Desde las alturas del Olimpo, el presidente George W. Bush lanzó la mirada sobre la antigua Mesopotamia después de elogiar, en Qatar, a los estadounidenses que ''hicieron posible'' la guerra contra Sadam Husein. Pero muy por debajo de él, en la esquina de una sucia calle de Fallujah, de la que Bush hubiera preferido no enterarse, se desarrollaba una historia de sangre estadounidense, de poder estadounidense y botas estadounidenses derribando las puertas de los hogares iraquíes.

''Tiene un arma'', advirtió un marine cuando descubrió a una mujer en su patio trasero con un rifle Kalashnikov. "¡Suéltelo! ¡Suelte el rifle!'', le gritó.

Los militares tenían calor, y estaban cansados y furiosos. Estaban levantados desde las tres de la mañana, cuando alguien disparó una granada contra las tropas de la División 101 Aerotransportada, que venían a bordo de camiones. Puede verse por qué Bush decidió evitar visitas triunfales a Irak.

Los sobrevivientes de la emboscada recordaban el incidente de horas antes como sólo los soldados podrían hacerlo: "Lanzaron la granada contra un camión de dos toneladas y media repleto con la división 101 aerotransportada, y después lo tirotearon con fuego de rifles AK, para a continuación simplemente desaparecer en la noche", relató uno de los soldados sobrevivientes.

"Estaban en estado terrible. Uno de nuestros soldados estaba muerto, con los sesos fuera de la cabeza, con el estómago colgando, y había otros ocho en la parte de atrás del camión gritando y sacándose trozos de metralla de las piernas".

Antes del amanecer, los estadounidenses regresaron para lavar de la calle la sangre de sus compañeros. Después regresaron una vez más para negociar con la gente que vive en este destartalado rincón del viejo bastión del partido Baaz, la ciudad de Fallujah.

Si el presidente Bush pensó que sus soldados debían estar orgullosos por lo que hicieron en Irak, porque eso fue lo que dijo a los hombres y mujeres que desarrollan actividades de comandancia en Qatar, en Fallujah todo era sudor, terror y altavoces ordenando a los civiles que no salieran a las calles.

¿En verdad los atacantes que "desaparecieron en la noche" iban a refugiarse en una de las casas más cercanas al camino principal, justo a un lado de donde ocurrió la emboscada? No, a menos que estuvieran locos.

Pero alguien de la tercera división de infantería decidió este jueves enviar a la 115 compañía estadounidense de la policía militar a incautar algunas armas y detener a los sospechosos usuales. No era una estampa feliz.

En lo más profundo de la jungla de esta ocupación, los soldados se sienten confundidos con respecto al pueblo que acaban de "liberar". Algunos son hombres buenos, como por ejemplo el sargento Seth Cole, quien concluyó que si sólo a 10 por ciento de la gente de Fallujah no le gustaran los estadounidenses, eso "sería muchísima gente".

Está también el sargento Phil Cummings, ex policía en Rhode Island, hombre grandote y alegre, quien se refirió a los iraquíes que lo miraban desde el pavimento: "Algunas de estas personas no nos quieren, a pesar de que vinimos a salvarlos. Pero yo siempre les sonrío. En las escuelas los niños nos arrojan piedras, pero yo siempre les regalo dulces. Yo les doy dulces, ellos me dan piedras".

Pero no fue difícil descubrir por qué los niños quieren arrojar piedras. A 40 metros había otro soldado, muy ocupado echando a perder los corazones y las mentes.

"Diles que se larguen de aquí", le ordenó a un soldado raso, señalando a un grupo de adolescentes. Luego se volvió hacia un hombre de mediana edad que estaba sentado en una silla en la calle: "Tú, levántate o te parto el cuello", le gritó.

"¡Gente en el tejado!", alertó otro militar, y 30 rifles automáticos apuntaron a la azotea de una casa amarilla. Un sargento se colocó los binoculares sobre los ojos. "Está bien, es una mujer con su hijita". La niña de largos cabellos miraba a los soldados. Fue entonces cuando dijeron que la mujer estaba armada con un rifle AK: "¡Tiene un arma! ¡Hay una mujer con un rifle!"

La advertencia recorrió las filas de las tropas. Con sólo pasar unas cuantas horas con soldados que tienen tantas posibilidades de ser víctimas o victimarios, uno entiende por qué tienen que gritarse la información uno a otro como pregoneros. "¡Tiene un rifle!, ¡tiene un rifle!, ¡tiene un rifle!", fue el grito que subía y bajaba por la calle.

Tres soldados atravesaron con sus rifles la herrería de la reja negra, todos gritando "¡suelte el arma!" Un militar alto y sudoroso abrió la puerta de una patada. "¡Bajó el arma!, ¡tenemos el arma!" Tres soldados corrieron por el patio y regresaron con un rifle Kalashnikov. Luego, dos soldados mujeres trajeron a la iraquí, maestra de la preparatoria local vestida de negro.

"¿Por qué tenía un rifle?", le preguntó una de las soldados. La mujer la miró, se cruzó de brazos en un gesto desafiante y se negó a hablar.

"Por favor señor, se está usted llevando a mi hijo y él no ha hecho nada malo". Los soldados habían derribado la puerta de otra casa, y vi como se llevaban a la fuerza a un joven que usaba una camisa café, quien fue montado en un vehículo Humvee, bajo custodia de dos mayores. Un anciano le suplicaba a un paramédico militar: "¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué a mi hijo?"

El panorama no era mejor a dos metros de distancia. Un soldado alto de Massachusetts -qué extraño suena el nombre de este Estado en esta ciudad reventada de calor- escuchaba a un hombre que hablaba muy buen inglés y pretendía ayudar. Cerca, en el camino, tres soldados derribaban a golpes una cortina de metal. "Es un hombre viejo y enfermo que vive aquí. Ahí tiene su tienda, les vende dulces a los niños", le decía el iraquí al soldado. El uniformado no le contestó.

Nos quedamos bajo el sol, que era como un horno, hasta que se abrió la entrada de la tienda. Tres soldados apuntaron sus armas a la puerta, que se abrió lentamente.

Detrás de ella vimos a un hombre muy anciano con una espesa y larga barba blanca, y cabellos igualmente blancos que crecían en todas direcciones. Era una criatura frágil, como antiguo, que tuvo que apoyarse en un refrigerador de helados para levantarse, quien vestía sólo una túnica blanca. Parecía un profeta, y por unos momentos, los estadounidenses se quedaron callados.

"Lo siento, señor, pero tenemos que registrar su tienda", le dijo uno de ellos. Los tres entraron mientras el hombre se quedó en la calle, mirándonos y mirando su tienda, para después regresar caminando con dificultad hacia la oscuridad de su establecimiento.

Se escuchaban disparos a unos cuantos cientos de metros y los soldados corrieron a esconderse detrás de las bardas y en los jardines. Una reja pintada de negro y dorado fue abierta a patadas, y un hombre vestido con un dishdash gris salió y se sentó junto a la reja, con las manos detrás de la cabeza. Su familia, que estaba sentada en un porche decorado con bugambilias, se quedó quieta mientras los soldados entraron a registrar la casa.

Se encontró otro rifle AK; casi todas las familias iraquíes tienen dos o tres armas. La mayoría de estas personas eran de clase media, con educación, y cuyos hogares parecen casitas de campo en esta ciudad venida a menos, con sus fábricas de municiones y el aparato del partido Baaz tan enraizado que es difícil encontrar a un funcionario que no esté contaminado con la mancha de Sadam.

Hoy los estadounidenses se ganaron otros cien enemigos. Un joven me contó que hace unos días vinieron a las casas de los vecinos hombres armados que invitaron a la gente a unirse a un nuevo grupo de resistencia.

"Les dijimos que no. Pero ya no sé lo que respondería si volvieran a venir". Es posible que alguien les haya hecho el mismo ofrecimiento a los hombres que la tarde del jueves hirieron a dos soldados estadounidenses afuera de un banco de Bagdad.

En Fallujah, uno de los mayores estadounidenses se dirigió a mí tras suspender la operación de cateo. "Mañana va a llegar la tercera división de infantería para atravesar todo este lugar", dijo. Después, en la carretera del este hacia Bagdad vimos vehículos estadounidenses que circulaban en ambas direcciones: tanques Bradley, y Abrams, Humvees, transportes y camiones.

Sobre el fuselaje y los cañones los soldados habían pintado nombres. Respuesta Armada, era uno, que además tenía el dibujo de una chica desnuda montada en una bala de tanque. ¿Quieren Otra Ronda?, era el nombre de otro. También figuraban Conmemoración Mortal, Sus Ultimas Palabras y, curiosamente, Padre Abusivo, con una cruz cristiana junto al nombre. Será interesante saber a qué se refieren con "atravesar todo este lugar". Pero recuerden el nombre de Fallujah.

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