La revolución es
una, el momento
en el que se
produce también
es uno como
también el
objetivo, sin
embargo cada
país árabe tiene
sus
características
y su forma de
interactuar con
la revolución.
Esto tiene su
justificación en
el nivel de
desarrollo de
cada pueblo
árabe así como
en el nivel
degradación de
cada dictador.
Luego hay
denominadores
comunes en la
actuación de los
pueblos y en el
comportamiento
de los
dictadores pero
que no son
suficientes para
llegar a
respuestas
comunes, para
determinar la
cita de la
victoria y su
naturaleza y
dibujar la
perspectiva de
futuro de cada
país árabe.
La contradicción
era mucha ayer
entre Egipto y
Libia, dos
países
limítrofes en
los que la
geografía por sí
sola no ha
representado un
elemento para
unirlos. En
ambos países se
construyeron
legitimidades
políticas
parecidas que
traspasaron
fronteras y en
algunos periodos
eliminaron esas
fronteras. Y
esas
legitimidades se
han desplomado
juntas aunque de
forma nada
parecida. Los
egipcios
acudieron a los
colegios
electorales para
votar por
enmiendas
constitucionales
propuestas en
una de las
manifestaciones
democráticas más
importantes de
la historia
arabo-islámica.
Los libios se
quedaron en sus
casas siguiendo
con atención los
resultados de
los bombardeos
aéreos y de los
misiles
estadounidenses
y europeos sobre
los enclaves
militares del
loco de su
gobernante.
Lo que sucedió
en Yemen la
semana pasada no
fue fruto de la
locura de su
gobernante sino
de su salvajismo
y su frivolidad,
sin parangón en
ningún otro
dictador árabe,
que no le
llevarán a una
campaña militar
feroz contra su
pueblo, como ha
hecho su
compañero libio,
sino que seguirá
usando sus
herramientas
securitarias
hasta un final
que todavía
espera controlar
y en una cita
que espera fijar
él mismo, a
pesar de que ya
sea demasiado
tarde.
Lo que ha
sucedido en
Bahréin, y en el
Golfo de manera
general, no ha
sido fruto del
carácter
sangriento de su
gobernante sino
de su cerrazón,
de su falta de
entendimiento y
de voluntad ante
protestas
políticas
legítimas
empujadas en
direcciones
sectarias
inventadas y
colocadas en
trayectorias
iraníes
imaginarias,
aunque
exigieran, y
exigan, algunas
libertades y
derechos,
algunas partidas
económicas como
las que el rey
Abdalá de Arabia
Saudí, por
ejemplo, ha
empleado para
comprar el
silencio de los
saudíes a fin de
aplazar sus
demandas de
reformas, unas
demandas que el
dinero no
aplazará si es
que no las hace
más insistentes
según la
sencilla ley
social de cada
pueblo y cada
Estado.
Lo sucedido en
Siria no es sino
el comienzo de
algo
impredecible, y
aunque desvela
la profundidad
de la inquietud
popular y
oficial, hace
difícil que
seamos
conscientes de
ello con las
herramientas y
los medios
disponibles,
entre ellas las
elecciones a la
Asamblea del
Pueblo y de los
Consejos Locales
previstas para
el próximo
verano, o el
Congreso General
del Baaz cuya
celebración
puede ser un
elemento de
provocación sin
parangón.
También será
imposible
contenerlo por
vías o
herramientas
securitarias,
por muy fuertes
que éstas sean,
por muy
atractivas que
sean para
quienes han
hecho una
lectura errónea
de otras
experiencias
árabes.
Lo que está
sucediendo en
Líbano no se
somete a ningún
parámetro árabe,
por no decir
internacional:
un sector
detractor del
sistema sectario
nacido del útero
del sectarismo
que no ha
estudiado las
experiencias de
partidos y
corrientes
similares
presentes
durante todo el
siglo pasado y
que acabaron en
terribles
decepciones, que
no ha pasado por
esas
experiencias ni
las ha superado,
unas
experiencias que
estaban entonces
libres del miedo
que tienen los
libios, los
yemeníes, los
sirios y los
bahreiníes estos
días.
La revolución es
una pero en
Egipto va un
siglo completo
por delante.