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El dictador de Yemen
se ha resistido
durante diez meses.
Tres veces anunció
que firmaría el
acuerdo para
entregar el poder,
pero siempre se
arrepintió en el
último instante.
Finalmente, el
presidente de Yemen,
Alí Abdalá Saleh,
tras haber sufrido
un ataque con
cohetes en su
palacio de Sanaá a
principios de junio
y después de haberse
aferrado a la
presidencia a riesgo
de hundir al país en
una guerra civil, ha
claudicado. Es el
cuarto dictador que
pierde su trono. Saleh,
y después la
oposición, han
firmado en Riad
(capital de Arabia
Saudí) el acuerdo
auspiciado por los
países del Consejo
de Cooperación del
Golfo (CCG) para
poner fin a la
crisis que Yemen
vive desde que el
pasado 27 de enero
estallaron las
protestas popular
contra un régimen
que subsistía desde
hace 33 años.
El enviado especial
de la ONU para
Yemen, Jamal Omar,
ya había confirmado
ayer que el
gobernante Partido
del Congreso Popular
General (PCPG) y la
oposición yemení
habían alcanzado un
acuerdo sobre el
plan del CCG para la
renuncia de Saleh.
El acuerdo contempla
la inmunidad de
Saleh, de sus
familiares, y de
otros dirigentes de
su régimen. Ahora,
el dictador yemení
tiene previsto
viajar a Nueva York
(Estados Unidos)
para someterse a un
tratamiento médico.
El plan –diseñado a
finales de abril por
el CCG, del que son
miembros Arabia
Saudí, Omán, Catar,
Kuwait. Emiratos
Árabes Unidos y
Bahréin– prevé que
Saleh traspase el
poder a su
vicepresidente,
Abedrabo Mansur Hadi,
en un plazo de 30
días tras la firma
de la iniciativa, y
que se celebren
elecciones tres
meses después.
La firma del
acuerdo, en
presencia del rey
saudí, se ha
producido en Riad,
la ciudad en la que
Saleh se refugió en
junio tras resultar
herido en un ataque
contra el palacio
presidencial. De
Arabia Saudí volvió
por sorpresa el 23
de septiembre, para
prometer a
principios de
octubre una dimisión
“en pocos días” que
nunca rubricó. Por
ello, el anuncio del
viaje del presidente
al país vecino para
ratificar el plan de
traspaso de poder
fue acogido con
cautela, por temor a
que diera marcha
atrás como en otras
ocasiones. Esta vez,
sin embargo, parece
que la rendición de
Saleh no tiene
vuelta atrás. El
secretario general
de la ONU, Ban Ki-Moon,
ha asegurado: "Saleh
me dijo que vendrá a
Nueva York para
someterse a un
tratamiento médico
inmediatamente
después de firmar el
acuerdo". "Nunca
quise monopolizar el
poder", ha llegado a
decir un sonriente
Saleh, quien, a
juzgar por sus
deseos "de colaborar
con la oposición",
no parece renunciar
a jugar un papel
político en el
futuro. Al igual que
otros dictadores de
la región, el fiel
aliado de Estados
Unidos trató de
atribuir las
revoluciones árabes
en el Magreb y en
Oriente Próximo a
"una agenda
extranjera".
En las protestas,
que han asolado el
país con virulencia
cambiante desde
enero, a pesar de la
violenta represión
ejercida por las
tropas del dictador,
han muerto más de
200 personas. Hoy
mismo decenas de
miles de partidarios
de la oposición
yemení han salido a
las calles de la
capital y de Taiz,
la segunda ciudad
del país, para pedir
que no se conceda la
inmunidad a Saleh y
que sea juzgado por
sus delitos. Los
manifestantes
coreaban lemas como
"ni garantía ni
inmunidad", en
alusión a la firma
hoy del acuerdo.
Otros factores
siembran dudas sobre
la persistencia de
las protestas, que
difícilmente
desaparecerán sin
que hubiera una
transición real en
el país. Para
empezar, algunos
líderes de la
rebelión contra
Saleh consideran que
los partidos de
oposición que han
firmado el pacto han
traicionado la
revuelta popular al
admitir la inmunidad
del dictador y su
camarilla. Pero
además, Yemen sufre
fuertes tensiones
sociales y tribales
fomentadas por el
dictador; las
aspiraciones
separatistas del sur
(la ex República
Democrática de
Yemen) toman
aliento. Además,
¿quién controlará un
ejército que ya se
fracturó durante la
rebelión contra el
dictador? Sea como
fuere, Arabia Saudí,
tal como demostró en
Bahréin, no parece
dispuesto a tolerar
que los regimenes
vecinos vayan
cayendo como en
Egipto, Túnez y
Libia por considerar
que esto sería una
amenaza para las
permanencia en el
poder de las
monarquías
petrodólares del
Golfo. Tampoco los
países occidentales,
tan dependientes del
petróleo del Golfo
Árabe (Pérsico),
criticaron la
invasión saudí para
aplastar el
alzamiento en
Bahréin ni el papel
saudí en Yemen.
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