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Los escuadrones de Tennessee

Robert Fisk 

 ¿Por qué –si puede saberse– nos extraña su racismo, su brutalidad, su actitud de fría insensibilidad hacia los árabes? Esos soldados norteamericanos en la vieja prisión de Abu Gharib, esos escuadrones británicos en Basora procedían –como suelen proceder los soldados– de ciudades y poblaciones donde florece el odio racista: de Tennessee y Lancashire, por ejemplo. Veamos. ¿Cuántos de nuestros “chicos” son ellos mismos antiguos presidiarios? ¿Cuántos son seguidores del Partido Nacional Británico? Con su discurso racista que considera a los musulmanes, los árabes como “los del turbante”, “los harapientos”, “los terroristas”, “la encarnación del Mal”..., tenemos ocasión de comprobar cómo se quiebran las normas de la semántica. Añadan a este panorama la perniciosa y racista verborrea de cientos de películas de Hollywood que presentan a los árabes como gente mugrienta, lasciva, violenta y no de fiar –los soldados, por cierto, son muy aficionados al cine– y no les resultará difícil toparse con escenas donde la hez de los soldados orina sobre el rostro de un preso Iraquí encapuchado o donde un norteamericano poseído por el sadismo obliga a otro Iraquí encapuchado a sostenerse en pie sobre una caja con las manos atadas con cables.

¡Será que, tal vez, estemos pretendiendo, con la visión del sadismo sexual que hemos presenciado estos días –reparen en la imagen de esa soldado con ínfulas de pícara colegiala que señala los genitales de un hombre en el curso de una orgía burlesca en la cárcel de Abu Gharib, mientras unos fusiles británicos apuntan a la boca de los soldados presos–, cumplir el loco propósito de compensar de alguna forma todas esas mentiras que hemos propalado sobre el Mundo Árabe, la fortaleza y reciedumbre de los guerreros del desierto, el harén o la poligamia!

Incluso a estas alturas seguimos emitiendo por televisión la repulsiva película “Ashanti”, un largometraje sobre el secuestro de la mujer de un médico inglés por parte de supuestos “comerciantes de esclavos árabes” que presenta a los árabes casi exclusivamente como pederastas o pervertidos, violadores, mentirosos y ladrones. Los protagonistas –¡Dios nos libre!– son Michael Caine, Omar Sharif y Peter Ustinov. La película se rodó parcialmente en Israel. En realidad, actualmente presentamos a los árabes en nuestras películas como los nazis presentaron en su día a los judíos. La diferencia es que los árabes juegan limpio. En cuanto terroristas potenciales –tanto hombres como mujeres–, debe debilitarse su resistencia, deben ser “puestos a punto”, humillados, vejados, golpeados, torturados. Los israelíes son conocidos por el empleo de la tortura en las estancias del complejo ruso de Jerusalén. Ahora la estamos usando nosotros en la vieja cárcel de Sadam a las afueras de Bagdad y –porque hay que recordar que en ese lugar los soldados británicos golpearon hasta la muerte a un muchacho iraquí el verano pasado– en las antiguas oficinas del más mortífero fascista y tirano de la guerra química, el terrible y brutal Ali, “el Químico”.

¿Y qué cabe decir de los oficiales? ¿O es que no saben los tenientes, capitanes y comandantes del regimiento Lancashire de la Reina que sus chicos pisotearon hasta la muerte a un joven iraquí empleado de un hotel el verano pasado? “The Independent on Sunday” fue el periódico que dio a conocer en primer lugar la suerte de este muchacho, con pruebas documentales de su asesinato, el pasado mes de enero. ¿No sabían los chicos de la CIA en la cárcel de Abu Gharib que Ivan, “Chip”, Frederick y Lynddie England –dos de los soldados norteamericanos que aparecen en las fotografías publicadas la semana pasada– se dedicaban a humillar de modo obsceno a sus prisioneros?

Naturalmente que lo sabían. La última vez que vi a la general de brigada Janice Karpinski, al mando de la 800ª brigada de policía militar de Irak, me comentó que en el curso de su visita a las antiguas dependencias remozadas (el conocido como Camp X Ray) del centro de detención de Guantánamo todo le había parecido en regla. ¡Qué tonto! Debería haber pensado entonces para mis adentros que algo había fallado estrepitosamente en Irak...

Recuerdo cómo en Basora, la víspera de una visita del primer ministro británico, Tony Blair, visité la oficina de prensa de las fuerzas armadas británicas en la ciudad para interesarme por la muerte del baazista Mousa, de 26 años. La familia del fallecido me había facilitado documentos británicos que demostraban que había muerto durante su detención al ser golpeado hasta la muerte y que el propio Ejército británico había tratado de indemnizar a su familia si renunciaba a toda denuncia legal contra los soldados que tan bárbaramente habían matado a su hijo.

Pero no pude toparme más que con bostezos y con una inepcia absoluta a la hora de facilitar información sobre el episodio. Se limitaron a indicarme que llamara al Ministerio de Defensa, en Londres. Me dio la sensación de que el funcionario que me atendió se mostraba suspicaz y un tanto impaciente ante mi solicitud. No oí ni una sola palabra de compasión por el fallecido.

Volviendo al mes de septiembre del año pasado, recuerdo que la misma general Karpinski, que acompañaba a un reducido grupo de periodistas de visita en la cárcel de Abu Gharib –la misma horrible prisión en la que Sadam enviaba a miles de personas a la muerte, la misma en la que Frederick, England y sus compinches obligaban a mantenerse de pie sobre una caja, con supuestos electrodos prendidos en sus manos, a un prisionero iraquí cubierto con una capucha–, se complació en mostrarnos la antigua cámara de ejecución de Sadam.

Abrió, pues, el paso hacia la estancia de cemento bien provista de su correspondiente cadalso y horca, y –delante de todos nosotros– accionó con aire arrogante la palanca y se abrió acto seguido la trampilla en el suelo. Nos animó, a continuación, a leer los últimos mensajes que los iraquíes que aguardaban que cayera sobre su cabeza la ira vengativa de Sadam habían garabateado en las paredes del contiguo corredor de la muerte. Sin embargo, esta visita a la cárcel no fue del todo como ella había planeado.

Los presos de esta cárcel no contaban con un proceso transparente y en regla, ni tampoco se hizo mención alguna –hasta que suscité la cuestión– del ataque de mortero contra las instalaciones dirigidas por los norteamericanos, que causó la muerte de seis de los internos en sus tiendas el pasado mes de agosto, cuando la general Karpinski ya se hallaba al cargo de 8.000 prisioneros iraquíes, a quienes –nos explicó– se había facilitado “asesoramiento”: “Al parecer creían –especificó– que les habíamos utilizado como barricadas.” En aquella época, la cárcel de Abu Gharib era atacada por insurgentes unas cuatro noches a la semana. Ahora es atacada dos veces cada noche.

Curiosamente, la general respondió –a una pregunta que le planteé– que “seis prisioneros decían ser norteamericanos y dos, británicos”. Sin embargo, cuando el general Ricardo Sánchez, principal mando militar en Irak, lo negó posteriormente, nadie se interesó por el origen y el modo de la confusión. ¿Se lo había inventado la general Karpinski? ¿O es que el general Sánchez no nos decía la verdad? Todo ello en un contexto en que solían confundirse los nombres de los prisioneros, los nombres árabes se transcribían defectuosamente e incluso había hombres que simplemente no aparecían en las listas. Ciertamente, el hecho era ilustrativo y muy instructivo sobre toda una cultura en cuyo seno los iraquíes –sobre todo, los prisioneros iraquíes– no eran en cierto modo acreedores de los mismos derechos que nosotros los occidentales. Y que constituye –me imagino– el motivo por el cual las potencias ocupantes de Irak nos facilitan habitualmente las estadísticas relativas a las muertes de occidentales, pero no se molestan lo más mínimo en poner en claro las estadísticas relativas a las muertes de iraquíes, los mismos cuya protección y asistencia se les ha encomendado.

Hace unas semanas, conversaba con un joven soldado norteamericano en la calle Saadoun, en el centro de Bagdad. Le daba golosinas a los niños, remedando el término árabe para dar las gracias, “shukran”. ¿Sabía árabe?, le pregunté, ingenuo. Me sonrió. “Sé cómo increparles”, me contestó. Con eso está todo explicado.

Todos somos víctimas de nuestra moralidad de altos vuelos... “Ellos –los árabes, los musulmanes, “los del turbante”, “los harapientos”, “los terroristas”– son de más baja estirpe, se rigen según criterios morales menos exigentes... Es gente a quien se puede y debe increpar. Es menester “liberarles” para “darles” la democracia. Nosotros, selecta hermandad, nos revestimos de las galas de la justicia y la rectitud. Somos los marines, la policía militar, el regimiento de la Reina o lo que ustedes quieran; en cualquier caso, estamos en el lado del Bien. “Ellos” están en el lado del Mal. En consecuencia –en una palabra–, nosotros no podemos obrar mal.

Por lo menos, así parecía hasta que esas vergonzosas imágenes vinieron a demostrar que el odio racista y los prejuicios constituyen una antigua herencia histórica nuestra.

Antes solíamos llamar a Sadam “el Hitler de Irak”. Pero ¿no era Hitler uno de los “nuestros”, un occidental, un ciudadano perteneciente a “nuestra” cultura? Si pudo matar a seis millones de judíos –cosa que efectivamente hizo–, ¿por qué deberíamos extrañarnos de que “nosotros” podamos tratar a los iraquíes como animales? La semana pasada llegaron las fotografías para demostrar que podemos.

*Robert Fisk: es periodista británico. 

Ver las imágenes de torturas y violaciones cometidas por los invasores angloamericanos en Irak

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