|
|
_________________________________ Los amos y los siervos ALI LMRABET
Mundoarabe.org, 30/10/2004 Es increíble que podamos aún, en el año 2004, en este siglo XXI que algunos ven radiante y otros espantoso, apasionarnos por una elección presidencial tunecina cuando todo el mundo sabe que el sátrapa local gana siempre y con una autoritaria facilidad. Era increíble pensar que el que posee el poder supremo en ese minúsculo país no iba a ganar las elecciones con una cifra digna del absolutismo que encarna. El domingo pasado, el presidente Zin al Abidin Ben Ali, en la cima del poder desde el golpe de Estado de 1987, cuando el combatiente supremo Habib Burguiba fue derrocado a causa de su demencia senil, ha sido reelegido jefe de Estado de Túnez, «un pequeño país indigno de un gran dictador», como acertadamente lo describe el humorista marroquí Ahmed Sanussi Bziz. Hasta el domingo por la noche, el dilema que trabajaba las mentes grises del Palacio de Cartago, sede de la Presidencia vitalicia del déspota, no tenía relación con la victoria de Ben Ali, la respuesta era evidente, sino con el resultado que se debía otorgar al contrincante comunista, Mohamed Ali Haluani, que ha hecho, según se dice, una buena campaña. Finalmente Bachillerato menos tres, como llaman algunos tunecinos a su presidente por su bajo nivel de instrucción, ha sido reelegido con apenas el 94,48% de los votos. Una miseria comparado con el resultado de las precedentes elecciones presidenciales de 1999, donde Ben Ali arrasó con el 99,44%. Parece que en esta república burguesa, feudal y adormecida por la buena digestión de su economía los resultados del 99% hacían pensar en los comicios soviéticos. El horror para un país que siempre se presentó como uno de los aliados más firmes de Occidente en el mundo árabe. Además, este año y por primera vez, Ben Ali tenía frente a él un adversario que se permitía decir unas cosas barridas del lenguaje político de Túnez. Por ejemplo, que el país esta dirigido por un «poder personal absoluto». O sea, por un dictador. Pero al final, y como lo temían los observadores, el domingo pasado, el resultado del candidato de Ettajdid (ex partido comunista), Mohamed Ali Haluani, era de 0,95% de los votos. La buena campaña electoral del rival marxista del rais no sirvió para nada. El viejo reflejo autoritario de ganar por absoluta y abrumadora mayoría volvió a prevalecer. En cuanto a los dos otros «candidatos de la oposición», si podemos llamar así a dos marionetas del poder, son Mohamed Bouchiha, secretario general del Partido de la Unidad Popular (PUP), y Munir Beji, del Partido Social Liberal (PSL). Ambos han obtenido respectivamente el 3,78% y el 0,79% de los votos. Es verdad que estos dos terribles adversarios del presidente saliente han hecho todo para perder las elecciones. Durante la campaña, los dos políticos no han parado de felicitar públicamente a Ben Ali por su gestión económica del país, cantando odas al dictador y casi haciendo llamamientos para que se vote por él. Suerte que en el país de la Harissa, la salsa picante que encanta a los árabes, el ridículo ya no mata. Si no, Bouchiha y su compadre Beji estarían hoy muertos y enterrados. Por otra parte, las elecciones legislativas que se han desarrollado al mismo tiempo que las presidenciales han confirmado también esta mascarada electoral. La Agrupación Constitucional y democrática (RCD en sus siglas en francés), el partido de Ben Ali, se ha llevado 152 escaños de los 189 de la futura Cámara de los Diputados. El partido presidencial hubiera podido adjudicarse más si la constitución no previera que hay que dejar el 20% de los escaños a las otras formaciones políticas. Un regalo de Bachillerato menos tres a los partidos de la oposición, pero también una manera de marear la perdiz y dar la impresión de que hay un mínimo de democracia en el país. Así va el mundo de las dictaduras árabes. Para otros cinco años, el presidente Ben Ali gobernará su país con mano de hierro y ampliará la lista de sus fechorías, que no son pocas. Hamadi Jebali, director del semanario Al-Fajr, órgano oficioso del movimiento islamista Ennahda y uno de los más antiguos prisioneros de conciencia del mundo (está encarcelado desde 1991), deberá resignarse a pudrirse en la cárcel. Su colega Abdalá Zuari, que estuvo privado de libertad durante 11 años, tendrá que aceptar otras condenas injustas como, por ejemplo, la que le valió 11 meses de cárcel por haber querido utilizar Internet. Hedi Yahmed, ex periodista de la revista liberal Réalités, tiene interés en continuar escondido porque la policía lo busca por un artículo sobre las prisiones escrito en diciembre de 2002. La periodista Neziha Rejiba de la revista no autorizada Kalima se enfrenta a una pena de cinco años de cárcel por haber remitido 170 euros en divisas a un joven tunecino. Un crimen realmente imperdonable. Y por fin algunos de los jóvenes internautas de la ciudad de Zarzis, arrestados y torturados por la policía por haber establecido, según las autoridades que no han aportado ninguna prueba, «contactos con el movimiento terrorista Al Qaeda para un apoyo logístico», van a pasar 26 años en la cárcel. Jóvenes vidas perdidas a causa de la fobia de una tiranía que ve el enemigo por todas partes. Por último, la familia del periodista Taufik Ben Brik, que ha hecho una huelga de hambre victoriosa contra la dictadura de su país en el año 2000, tiene interés en quedarse quieta. Jalel y Nejib Zoghlami, los dos hermanos de Taufik, que habían sido agredidos y encarcelados hace un mes por haberse resistido a una agresión de los matones del ministerio del Interior (una práctica corriente en Túnez), se enfrentan tras la victoria del sátrapa a un juicio que puede dejarles en la cárcel por mucho tiempo. Los hermanos Zoghlami serán seguramente condenados sin que se sepa jamás el nombre de sus pretendidas víctimas. Todas estas violaciones flagrantes de los derechos fundamentales de las personas se llevan a cabo todos los días. La comunidad internacional lo sabe, especialmente Francia, cuyo presidente es el padrino político internacional de Ben Ali y el protector de las dictaduras magrebíes. Pero también lo sabe la Unión Europea, que financia hipócritamente parte del milagro económico tunecino. Y Estados Unidos, que no ve en Ben Ali un tirano sino el fiel aliado contra “una amenaza islamista”. Como decía el otro día durante un viaje a Europa un eminente intelectual tunecino, «tenemos la impresión de que nadie quiere comprender que la represión, la falta de libertades y el pillaje de los recursos económicos del país atizan los odios y fortalecen a los extremistas de hoy y de mañana». Es cierto. Si los dictadores magrebíes existen y van a seguir allí, no es por culpa de los pueblos y de las opiniones públicas que constituyen este Zagreb que denominan grande. Si las autocracias que nos oprimen, que sean repúblicas dictatoriales o monarquías feudales, siguen acaparando el poder supremo, es porque Occidente lo permite. Olvidando en un cajón las reivindicaciones de los demócratas árabes que no quieren aceptar la idea que sólo la Santa Providencia les librará algún día de estos amos cuya simple existencia hace que se sienten como siervos.
Ali Lmrabet es periodista marroquí © Mundinteractivos, S.A. ___________________________________________ |
|
|
Copyright ©Mundo Árabe 2005-2008 Madrid-España Resolución de pantalla recomendada 1024 x 768
|