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__________________________________ La guerra continúa
Robert Fisk/ La Vanguardia
De
noche, en mi mugriento hotel, escucho con atención por si se producen disparos
y temo el ataque que tantos huéspedes han predicho desde hace semanas. ¿Llegarán
los terroristas a la hora de cenar, cuando los mercenarios sudafricanos y británicos
regresan armando escándalo de sus “tareas de seguridad”, pertrechados con
automáticas Heckler & Koch, pistolas plateadas y chalecos antibalas negros,
listos para beber cerveza y vino tinto? ¿O a las seis de la mañana, después
de las plegarias del alba, con sus almas islámicas limpias para la inmolación
entre los infieles y cruzados? Cuento los minutos entre las seis y las ocho, las
horas en que acostumbran a atentar. He perdido la cuenta del número de veces
que las ventanas de mi dormitorio han vibrado a la hora del desayuno. Cuando
Haidar y Mohamed llegan para llevarme a Mosul, Basora o Najaf, me siento
aliviado. Tomamos la carretera hacia el sur. Todos llevamos unos pañuelos (“kufia”)
alrededor de la cabeza; dos Iraquíes y un inglés que fingen ser unos matones
tribales para evitar a los asesinos de la autopista 8. La semana pasada circulábamos
por esa carretera al despuntar el alba cuando el enviado presidencial de Estados
Unidos a Irak, Paul Bremer, salió por la radio del coche. Nos estábamos
acercando al lugar donde dos civiles estadounidenses que trabajaban para las
autoridades de ocupación habían sido asesinados a tiros por hombres que vestían
el uniforme de la policía iraquí. La radio del coche se oía fatal debido a
las interferencias. Las cosas están mejorando en Irak, nos dijo Bremer. Haidar,
Mohamed y yo nos miramos y fruncimos la frente bajo los pañuelos. Luego el
coche se inundó de risas ahogadas. Hace un año no había ningún problema en la autopista 8. El tirano viejo y monstruoso de Sadam se había ocupado de ello. Si los ladrones se dedicaban a saquear y violar al norte de Basora desde la guerra del Golfo de 1991, Bagdad era una zona donde imperaba el orden público. Ahí los saqueos y violaciones los cometía el Gobierno, no el pueblo. Ahora es al revés. Aún conservo un recuerdo de mi último vuelo a Bagdad antes de la guerra: la etiqueta del equipaje del último avión de la Royal Jordanian a Irak antes de la invasión, la última compañía aérea que aterrizó durante la dictadura. “Sadam Husein International Airport”, dice. Los pasajeros fuimos desplumados, como siempre, al llegar a la terminal. Diez dólares para los de inmigración, veinte para el hombre que le echó un vistazo a mi ordenador, cuarenta para el tipo que aceptó el papel del hombre al que le había dado veinte y otros veinte para los soldados de la puerta. Fuera
llovía y los neumáticos del coche silbaban en la autopista, pero Bagdad estaba
iluminado como un árbol de Navidad. Las mezquitas estaban inundadas de luz, los
coches de la policía iraquí dormitaban bajo las palmeras, el follaje era denso
y desprendía un olor dulce bajo las farolas de la calle. ¿Acaso no lo sabían?,
me preguntaba una y otra vez. ¿No se daban cuenta de lo que les venía encima? Recuerdo
la última noche antes de la guerra. Había salido a comprar papel higiénico y
vendas, y me fijé en un soldado de uniforme que llevaba a su joven hijo sobre
los hombros. El último permiso, pensé. ¿Escribían poemas los soldados iraquíes,
como Sassoon y Owen? ¿O tan sólo leían las infantiles novelas de Sadam de
camino al frente? En la farmacia bromeé con el farmacéutico por ser tan amable
de venderme vendas cuando la RAF podía estar bombardeándole al cabo de unas
horas. “Sí –dijo–, creo que lo harán.” Por
entonces todos teníamos nuestros “guardaespaldas”, los chicos de Sadam del
viejo y corrupto Ministerio de Información, cuyo trabajo consistía en
apartarnos de los caminos de la inmoralidad política y llevarnos hacia las
manifestaciones callejeras antiestadounidenses y escleróticas y a las
interminables ruedas de prensa de subsecretarios. Pero al cabo de un tiempo,
cuando sus propios jefes habían sido sobornados, también untábamos a los
“guardaespaldas” para que olvidasen su lealtad al Gobierno y nos llevaran a
donde queríamos ir, incluso a los lugares donde estallaban los proyectiles
estadounidenses y los cuerpos sin vida de soldados iraquíes rebotaban en la
parte trasera de las camionetas. Las
primeras bombas estallaron a poco más de treinta kilómetros de Bagdad, unos
resplandores naranja que refulgieron a lo largo del horizonte. Al día siguiente
se aproximaron a Bagdad y los misiles de crucero pasaron zumbando por encima de
nuestras cabezas para explotar junto al palacio presidencial, la misma mole
donde Bremer, el supuesto experto de Estados Unidos en terrorismo, trabaja ahora
y se esconde como procónsul del imperio anglo-americano. Las
falsas ilusiones con las que estadounidenses y británicos fueron a la guerra
parecen más imponentes ahora que entonces. Sadam, el hombre al que británicos
y estadounidenses amaron cuando invadió Irán y odiaron cuando invadió Kuwait
(los dictadores marioneta tienen que aprender que sólo se puede atacar a
nuestros enemigos), ya había degenerado hasta la senilidad y escribía novelas
épicas en muchos de sus palacios, mientras su hijo tullido Uday bebía, se iba
de putas y torturaba a todo aquel que quería en Bagdad; un cuento típico de
Oriente, pero no un objetivo para la única superpotencia del mundo. Cuando
la infantería estadounidense se aproximó a Bagdad, una de las últimas
ediciones de los periódicos baasistas publicó una reveladora fotografía en la
contraportada: un Sadam gordo, cansado y vestido de uniforme aparecía en el
centro, a la izquierda, su hijo Qusay, elegante, y a la derecha, Uday, con los
ojos dilatados, la camisa por encima de los pantalones, la culata de una pistola
que asomaba por encima del cinturón: el amado hijo en un estado deplorable y
drogado. ¿Quién iba a luchar hasta la muerte por estos tres pilares del mundo
árabe? Sin
embargo, Sadam creía que podía ganar: el destino abatiría de algún modo a
los americanos. Siempre resultaba fascinante escuchar a Mohamed Al Sahaf, el
ministro de Información, prediciendo el destino funesto de Estados Unidos. No
eran sólo los patriotas Iraquíes los que destruirían a los ejércitos
invasores; el calor los abrasaría; el desierto los consumiría; serpientes y
perros rabiosos devorarían sus cuerpos. Desde el califato no se habían lanzado
semejantes maldiciones contra un invasor. ¿No fue Tareq Aziz quien advirtió a
Washington en 1990 de que 18 millones de Iraquíes no podían ser derrotados por
un ordenador? Y luego el ordenador ganó. El
presidente Bush y el primer ministro Blair compartían una serie de pesadillas y
sueños sorprendentemente paralelos, alimentados por los halcones
estadounidenses proisraelíes, neoconservadores y de derechas, que hicieron
tanto para causar esta catástrofe y que, ahora que todo se viene abajo, se están
esforzando para minimizar su importancia ideológica antes de la guerra. Para
ellos, Sadam era el terrorista de Estado malvado y todopoderoso, cuyas armas de
destrucción masiva inexistentes y sus vínculos también inexistentes con los
autores de los atentados del 2001 contra Nueva York y Washington debían ser
neutralizados. Liberación,
democracia, un nuevo Oriente Medio. Las ambiciones de los conquistadores no tenían
fin. Recuerdo que todo aquel que intentaba desacreditar esta peligrosa estupidez
era atacado. Intentabas explicar los crímenes contra la humanidad del 11 de
septiembre del 2001 y eras antiestadounidense. Advertías a los lectores sobre
la demencial alianza de derechistas que se escondía tras el presidente Bush y
eras antisemita. Informabas sobre el salvajismo contra civiles Iraquíes durante
los bombardeos aéreos y eras antibritánico, pro-Sadam, dormías con el
enemigo. Cuando
un día después de la “liberación” de Bagdad escribí que la “guerra de
resistencia” estaba a punto de empezar, podría haber recubierto la pared de
mi baño con las cartas llenas de insultos que recibí. Ahora ya no me llegan
cartas como esas. Pero
estas muestras de malevolencia acostumbran a acompañar a los sueños hechos
pedazos. Sadam creía que estaba luchando contra los cruzados. Bush y Blair se
enzarzaron en unos juegos igual de infantiles ya que se disfrazaron de Churchill,
insultaron a los enemigos que tenían en sus propios países como Chamberlain y
vistieron a Sadam con el uniforme de Hitler. Recuerdo
la fuerte impresión que me llevé cuando estaba viendo la televisión Iraquí,
cuya imagen se desvanecía literalmente, y oí las primeras noticias sobre un
atentado suicida cometido por un Iraquí contra las tropas estadounidenses,
durante la invasión. Se trataba de un soldado joven, un hombre casado, que
embistió con su coche bomba a los norteamericanos que había cerca de Nasiriya.
Nunca antes un Iraquí se había suicidado en combate de este modo; ni tan
siquiera en el lodazal de la guerra de ocho años entre Irán e Irak, tan
parecido a la batalla del Somme. Luego dos mujeres lanzaron su coche contra unos
soldados estadounidenses en el sur de Irak. Era increíble. Los
estadounidenses lo desestimaron todo. Se trataba de ataques cobardes que sólo
mostraban la desesperación del régimen, les dijeron a los periodistas. Pero
aquellos tres Iraquíes no trabajaban para el régimen. Hasta los baasistas se
vieron obligados a admitir que esos ataques se salían de lo habitual y que habían
sido organizados únicamente por el soldado y las dos mujeres. ¿Qué
significó esto? No nos detuvimos a preguntarlo, por supuesto. Entonces se creó
un nuevo mito. El Ejército Iraquí se esfumó, abandonó Bagdad, se puso
vaqueros y camisetas y se escabulló de un modo vergonzoso y cobarde. Bagdad no
fue un Stalingrado. Sin embargo, eso alteró peligrosamente la narración de los
últimos días de Bagdad. Hubo una aterradora batalla a lo largo de la autopista
1, en la orilla occidental del Tigris, donde las guerrillas de Sadam se
enfrentaron durante 36 horas a una columna de tanques americanos que arrasaron
la autopista con su fuego de artillería hasta que todos los vehículos,
militares y civiles quedaron reducidos a un amasijo de hierros ardientes. Recorrí
a pie una parte de la autopista cuando los francotiradores aún disparaban, y vi
en el interior de los coches los cadáveres ennegrecidos de hombres, mujeres y
niños. Varios montones de muertos habían sido cubiertos con alfombras y sábanas.
En la parte trasera de un coche había una mujer joven y desnuda, con sus
facciones perfectas ennegrecidas por el fuego, su marido o padre todavía
sentado al volante, con las piernas amputadas por debajo de las rodillas. Estaba
claro que los militares Iraquíes se habían mezclado con los civiles, y los
americanos los atacaron a todos. Fue una matanza. ¿Acaso pensamos que los Iraquíes
iban a olvidarla? ¿Le sorprende a alguien que llegue un momento –cuando un
hombre te tiende lo que parece medio pan y que resulta ser la mitad del cadáver
de un bebé– en que la ira sea la única integridad que nos queda? Las
bombas de racimo son creación nuestra. Y recuerdo con una especie de cruda
sorpresa cómo, mientras los disparos norteamericanos silbaban sobre el Tigris,
logré llegar de algún modo a la sala de emergencias del hospital más grande
de Bagdad y tuve que cruzar grandes charcos de sangre entre las camas de hombres
que no paraban de gritar, uno de los cuales estaba ardiendo y otro llamaba a su
madre a gritos. En el piso de arriba había un hombre sobre una camilla con una
herida en la cabeza casi indescriptible. De la cuenca de su ojo derecho colgaba
un pañuelo del que manaba un reguero de sangre que caía al suelo. Durante
días, en la ciudad habíamos visto las cintas de noticias de Basora y Nasiriya
después de la “liberación”. Habíamos visto los saqueos y pillajes,
vigilados de lejos benévolamente por los británicos y estadounidenses. Sabíamos
lo que ocurriría cuando la lucha se detuviera en Bagdad. Y, efectivamente, un
ejército medieval de saqueadores entró tras los americanos y quemó oficinas,
bancos, archivos, museos, bibliotecas coránicas, y destruyó no sólo la
estructura del Gobierno, sino la identidad de Irak. Los saqueadores no estaban
organizados, pero se aplicaron concienzudamente. Los pirómanos llegaron en
autobuses con objetivos claramente preestablecidos, y no tocaron los contenidos
de aquello que destruyeron. Vinieron pagados. Si fue Sadam, ¿por qué no se
metieron el dinero en el bolsillo y se fueron a casa una vez que los americanos
ya estaban en Bagdad? Si les pagaron después de los incendios, ¿quién les pagó?
Encontramos
las fosas comunes, por supuesto, las hecatombes de los muchos años de
brutalidad interna de Sadam –en muchos de estos casos las potencias
occidentales fueron sus aliados– y fotografiamos las decenas de miles de cadáveres,
la mayoría enterrados en la arena del desierto después de que Occidente no
apoyara los alzamientos chiitas y kurdos. La
“liberación” de Irak llegó, tal y como los familiares dolientes de las víctimas
de la brutalidad de Sadam no dejaron de decirnos, un poco tarde. Unos veinte años
tarde, para ser exactos. Llegamos
a un país dominado por el caos y la anarquía. No se podían tolerar
discrepancias entre los vencedores. Cuando señalé que los “liberadores”
eran “una fuerza de ocupación nueva, extranjera y todopoderosa sin una
cultura, lengua, raza o religión que los uniera con Irak” fui vituperado por
uno de los comentaristas de la BBC. “Mirad cómo nos quiere la gente”,
gritaban los occidentales; tal y como hacía Sadam cuando se reunía con sus acólitos
aduladores durante sus visitas a la gente de Bagdad. Habría elecciones,
constituciones, consejos de gobierno, dinero... Las promesas que se hicieron a
esta sociedad tribal llamada Irak no tenían fin. Luego
llegaron los grandes contratistas estadounidenses, los conglomerados de
empresas, los miles de mercenarios británicos, estadounidenses, sudafricanos,
chilenos –muchos habían sido soldados con Pinochet–, nepalíes y filipinos.
Y cuando empezó la inevitable guerra contra los ocupantes, nosotros –las
potencias ocupantes y, ¡ay!, la mayoría de los periodistas– inventamos una
nueva narración para huir del castigo por nuestra invasión. Nuestros
enemigos eran “intransigentes”, “vestigios” baazistas, “adictos
desesperados” del régimen. Luego las fuerzas de ocupación mataron a Uday y
Qusay y sacaron a Sadam de su agujero y la resistencia se tornó más violenta.
De modo que nuestros enemigos ahora eran “vestigios” y “combatientes
extranjeros” (de Al Qaeda), ya que los Iraquíes normales no podían formar
parte de la resistencia. Teníamos que creernos esto: si los Iraquíes se habían
unido a las guerrillas, ¿cómo podríamos explicar que no quieren a sus
“liberadores”? Al
principio, se alentó a los periodistas para que explicaran que los insurgentes
provenían sólo de algunas ciudades suníes, “anteriormente leales a
Sadam”. Luego la resistencia quedó confinada, en teoría, al “triángulo
suní” de Irak, pero cuando los atentados se extendieron al norte y sur hasta
Nasiriya, Karbala, Mosul y Kirkuk, se convirtió en un octágono. De nuevo, se
habló a los periodistas de “combatientes extranjeros”; fue un error no caer
en la cuenta que 120.000 de los combatientes extranjeros que había en Irak vestían
uniforme estadounidense. Aún así la mendacidad del “éxito” de la ocupación
parecía no tener límites. Cierto, se reconstruyeron escuelas –y, para vergüenza
de los Iraquíes involucrados, algunas fueron saqueadas una segunda vez–,
volvieron a funcionar los hospitales y los estudiantes regresaron a la
universidad. Pero se manipularon y exageraron las cifras de extracción de petróleo
y se falsearon los atentados contra los americanos. Al
principio, la potencia ocupante sólo informaba de los ataques de guerrilla en
que había soldados heridos o muertos. Luego, cuando nadie podía esconder los
sesenta ataques que se producían cada noche, se ordenó a las tropas que no
realizaran informes formales sobre atentados en los que no hubiera bajas. Pero
al cumplirse el primer aniversario de la guerra, todos los extranjeros son un
objetivo. Mientras,
aparecieron los terroristas suicidas. La embajada turca, la embajada jordana, la
ONU, las comisarías de policía de todo el país –600 policías Iraquíes
fueron asesinados en menos de cuatro meses– y luego los santuarios de Najaf y
Karbala. Los estadounidenses y los británicos advirtieron de los peligros de la
guerra civil –al igual que los periodistas, por supuesto-, aunque nunca se había
oído a ningún Iraquí que exigiera entrar en conflicto con sus compatriotas.
¿Quién quería en realidad esta “guerra civil”? ¿Por qué la minoría suní
iba a permitir que Al Qaeda provocara esta situación cuando no podían derrotar
a la potencia ocupante sin, como mínimo, el apoyo pasivo chiita? Mientras
escribía esta crónica sonó mi teléfono y una voz me preguntó si quería
reunirme con un hombre en el vestíbulo, un Iraquí de edad media y profesor del
Cardiff College, que había regresado hacía poco a su patria para darse cuenta
del estado de miedo y dolor en el que vivía actualmente su país. Su madre, me
relató, acababa de recaudar un millón de dinares Iraquíes para pagar el
rescate de la hija y la nuera de una amiga, que habían sido secuestradas por
hombres armados en Bagdad en enero. Las dos chicas acababan de llamar de Yemen,
donde habían sido vendidas como esclavas. Otro de sus vecinos acababa de
reencontrarse con su hijo, de 17 años, después de pagar 5.000 dólares a unos
pistoleros. Hace
pocos días, unos secuestradores raptaron a otro niño, esta vez en Mansur, y
exigen 200.000 dólares por su vida. Un familiar cercano del hombre que ha
venido a verme –y hay que recordar que esto sólo es la experiencia de un
hombre entre 26 millones de Iraquíes– acababa de sobrevivir a un sangriento
ataque mientras circulaba con su coche por las afueras de Karbala. Se dirigía
al sur, ya que había conseguido un contrato para dirigir un taller en la
ciudad, cuando él y sus once compañeros que iban en un vehículo Akea fueron
adelantados por unos hombres que dispararon con pistolas contra el coche. Un
hombre murió –tenía treinta balazos en el cuerpo– y un familiar, empapado
de la sangre de sus amigos, fue el único que salió ileso. No
resulta sorprendente que las autoridades de ocupación se nieguen a mantener
estadísticas sobre el número de Iraquíes que han muerto desde la “liberación”
–o durante la invasión, en realidad– y prefieran hablar sobre la “entrega
de la soberanía” de un grupo de Iraquíes nombrado por los norteamericanos a
otro, y de la Constitución, que sólo es temporal, y bien podría irse al
garete antes de que se celebren las elecciones de verdad –si es que llegan a
celebrarse– el año que viene. Si
pudiéramos haber previsto todo esto –haber sido pacientes y esperar a que los
inspectores de armas de la ONU hubiesen acabado su trabajo en lugar de ir a la
guerra y pedir paciencia luego, cuando nuestros propios inspectores no pudieron
encontrar esas, oh, tan terribles armas–, ¿habríamos ido a la guerra tan
alegremente hace un año? Porque esa guerra aún no ha finalizado. No ha habido
un “fin de las principales operaciones de combate”, sólo una invasión y
una ocupación que se fundieron a la perfección y se transformaron en una
guerra larga y feroz por la liberación de los “liberadores”. Del
mismo modo que los británicos invadieron Irak en 1917, proclamando su
determinación de liberar a los Iraquíes de sus tiranos –el general Maude
utilizó esas palabras exactas–, nosotros hemos repetido exactamente la misma
historia. Los británicos que murieron en la posterior guerra de resistencia
Iraquí yacen ahora en el cementerio de la puerta norte, en los límites de
Bagdad, un símbolo duradero de la locura de nuestra ocupación, aunque olvidado
desde hace mucho tiempo. |
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Editor Ahmed
Hijazi Teléfono: 915228922 - 637979217 E-mail: mundoarabe@mundoarabe.org Copyright ©Mundo Árabe 2000-2007 Madrid-España Resolución de pantalla recomendada 1024 x 768
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