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Madrid, capital de Irak

Augusto Zamora

Un año después del inicio de la guerra contra Irak, dos hechos han trasladado la atención del mundo de Bagdad a Madrid. Por una parte, los atroces atentados terroristas del 11 de Marzo; por otra, la victoria, para muchos imprevisible, del Partido Socialista en las elecciones generales. No por la victoria en sí, sino por la promesa electoral socialista de retirar las tropas españolas de Irak, ratificada una y otra vez por José Luis Rodríguez Zapatero ante la desazón de Washington y Londres y la satisfacción de Berlín y París. El revuelo provocado no tiene que ver con cuestiones militares, pues pocos soldados tiene España en Irak, sino con aspectos políticos y de imagen, debido al papel desempeñado por el Gobierno de Aznar en el inmenso despliegue propagandístico que precedió a la guerra de agresión.

  Los sucesos de marzo han situado a España en el centro de la crisis iraquí al punto que en Madrid se juntaron el día del funeral los principales actores del mayor desacuerdo que ha visto el mundo desde el fin de la Guerra Fría. Chirac y Schröder de una parte, Powell y Blair de otra. El portugués Sampaio y el polaco Miller. No faltó nadie ni fue coincidencia. Sin dudar de su deseo de solidarizarse con España tras los atentados, era obvio el interés de todos ellos en cortejar a Zapatero -y a España- para llevar hacia sus posiciones a un país que ha puesto en la picota, como ningún otro, la política estadounidense en Irak. Para entender mejor el revuelo provocado es preciso adentrarse en la situación iraquí.

Desde el inicio de la guerra, hace un año, muchas cosas y pocas buenas han ocurrido en Oriente Próximo. El trío de las Azores no habla ya de armas de destrucción masiva ni alardea con apocalípticos anuncios de que esas armas puedan alcanzar Londres en 40 minutos. Sabemos, en cambio, que desde 1994 Irak no poseía esas armas, que su equipo militar era obsoleto y que Sadam decía la verdad y el trío mentía. Hoy el presidente iraquí está detenido y su lugar lo ocupa un procónsul extranjero, el país permanece ocupado y la población sufre niveles terribles de violencia, penuria y desarticulación. Los bienes nacionales están siendo repartidos entre empresas próximas a los jerarcas de Washington y más de 15.000 iraquíes están presos. Irak pasó de ser un país laico y sin flagelo terrorista a convertirse en el país más peligroso del mundo. No hay día sin ataques y el goteo de víctimas aumenta sin cesar. Nadie en EEUU previó que la guerra de conquista sería respondida con guerra de guerrillas y atentados terroristas.

De la avalancha de acontecimientos acaecidos desde que EEUU declarara el fin de la guerra, algunos destacan por su singularidad. Así, los denodados esfuerzos de Bush por implicar a otros países en la ocupación y la pobreza de sus resultados. La página oficial del Departamento de Estado contiene la lista de miembros de la coalición y su lectura mueve a risa. Se trata de una mixtura de micro-Estados y de países extraídos de entre los más pobres del mundo. Micronesia, Islas Marshall y Palau -ex colonias de EEUU cuya moneda es el dólar- militan junto a Tonga, Albania, Honduras, Fiyi, Eritrea, Ruanda o Letonia. Ningún árabe salvo Kuwait, un grupo mínimo de países ricos y nada más. A esta coalición dedica Michael Moore comentarios mordaces en su último libro ¿Qué han hecho con mi país?, pues resulta difícil leer la lista sin acudir al chascarrillo y la guasa. Tristes aliados para un afligido imperio al que el triunfo socialista en España le recordó la precariedad de sus alianzas, obligándole a considerar una nueva resolución de la ONU como medio de evitar que entre su coalición se propague como epidemia el ejemplo español.

Igual de patético es el empeño de EEUU por reclutar tropa extranjera que alivie la presión de la resistencia iraquí, que ha causado más bajas a su Ejército que la propia guerra. Forzado por la guerrilla y los elevados costos de la ocupación, EEUU impuso un tributo de fidelidad a sus amigos exigiéndoles el envío de soldados para que le ayudaran a resguardar el botín bajo promesa de unas migajas. Lo notable del hecho no es que países tan potentes como Honduras, Bulgaria o Tailandia (Japón es la excepción) aceptaran enviar soldados, sino la forma en que se hizo el envío. EEUU ha tenido que presionar duro a tres docenas de países para que funjan de aliados, con la singularidad de que buena parte de ellos son tan menesterosos que EEUU debió pagar los gastos de traslado y equipación de la tropa. Nicaragua, incluso, debió retirar la suya por falta de fondos. Los aliados ricos han debido cubrir sus gastos para aliviar los de EEUU. No obstante el empeño, los resultados han sido magros, pues la tropa reclutada apenas llega al 15% de los efectivos. Aunque quiera, EEUU no puedeocultar la soledad de su política.

En las semanas precedentes a la guerra, una prepotente Condoleezza Rice declaraba que era la ONU la que necesitaba a EEUU, no EEUU a la ONU. La frase resumía el hondo desprecio que sentía el Gobierno Bush hacia la organización. Nadie en Washington se atreve hoy a expresarse en tales términos. La dura posguerra ha obligado a EEUU a buscar el auxilio de la ONU como medio de recabar apoyo de la comunidad internacional y encontrar una salida airosa al pantano iraquí. Ninguno de esos objetivos se ha conseguido. El apoyo ha sido más formal que real, pues las resoluciones del Consejo de Seguridad, sacadas con fórceps, han resultado insuficientes para todos. EEUU no ha logrado legitimar la ocupación y debe seguir soportando el costo de la misma. La ONU rehúsa asumir cargas sustantivas porque EEUU pretende reducirla a mero instrumento a su servicio mientras se guarda el control militar,  político y económico de Irak. Un desacuerdo tan fuerte que un año después la situación sigue atascada sin que asome por ninguna parte un mayor compromiso de la organización mundial o de grandes estados como Rusia, Francia o la India.

La Administración Bush ha aireado como un gran éxito la firma de una constitución provisional que supone regirá en Irak hasta las elecciones de 2005. La firma del texto resulta engañosa porque es obra de un consejo controlado por EEUU, con el procónsul Bremer como pontífice máximo. El ayatolá Sistani, líder de la mayoría chií, rechazó sin dilación el documento acusándolo de dificultar la transición en Irak y recientemente ha advertido que boicoteará a la ONU a menos que ésta lo rechace. Los suníes no están más contentos, en tanto el baazismo -que, aunque ilegalizado, sigue vivo- no ha contado. El único consenso generado por el documento se refiere a que acelerará el fin de la ocupación y permitirá a los iraquíes recobrar el control de su país.

Allí termina el forzado idilio y empiezan las incógnitas de fondo. Para chiíes, suníes y los restos del Baaz (o sea un total del 90% de la población iraquí), la retirada total de EEUU es un objetivo esencial del proceso de reconstrucción del país, que debe culminar en una primera etapa con las elecciones de 2005. Para EEUU, su Ejército debe quedarse allí un tiempo indefinido, es decir, que Irak sólo puede dotarse de soberanía formal, en tanto EEUU sigue controlando el poder real.

Posiciones tan opuestas llevan a un dilema categórico.O los iraquíes aceptan la tutela indefinida de EEUU, que no parece posible, o EEUU acepta abandonar el botín tan duramente adquirido, lo que debe descartarse, pues no se conquista un país a un costo tan elevado para abandonarlo graciosamente poco después. La dificultad de hallar una vía intermedia induce a creer que la guerra se prolongará por mucho tiempo.

Tanto o más incierto es el desenlace que pueden tener las elecciones de 2005. Los chiíes parecen seguros de su victoria, pues constituyen el 60% de la población iraquí. Esta victoria haría de Sistani el hombre fuerte del país y, peor aún para EEUU, podría hacer de Irak socio de Irán y aliado de Siria, las dos bestias negras de Washington y únicos países que resisten la apisonadora de Israel y EEUU. ¿Permitirá EEUU el triunfo chií y la consolidación de un Gobierno de ese corte o querrá repetir el modelo que impuso en Afganistán? Los antecedentes apuntan a lo segundo. EEUU intentará por todos los medios reproducir el modelo afgano (y haitiano y centroamericano y filipino), colocando a otro agente de la CIA (el presidente Hamid Karzai lo fue) al frente de Irak, aunque su poder se reduzca, como en el caso de Karzai, a los arrabales de Bagdad. No debe olvidarse de que el actual presidente del Consejo iraquí, Ahmed Chalabi, trabajó para la CIA y que su mando y relevancia depende de las tropas de ocupación. Las elecciones pueden arreglar Irak, pero también pueden acabar provocando una insurrección contra la intervención extranjera.

Lo que es obvio es que EEUU necesita tiempo. Tiempo para organizar un Ejército y una policía y fuerzas de seguridad que le sirvan lealmente. Lo suyo es una carrera casi desesperada, pues conoce como nadie que una devolución prematura -para sus intereses- de la soberanía a los iraquíes puede desembocar en un desastre. Después de un año, la situación de EEUU en Irak no sólo no ha mejorado sino que ha sufrido un desgaste. Este desgaste explica el impacto de la derrota de Aznar el 14 de marzo y la prisa que se han dado los protagonistas en viajar a Madrid. Por vez primera en mucho tiempo, España puede incidir en el rumbo de una crisis mundial no como simple monaguillo o figurante, sino como promotor activo de la paz o la violencia.

Porque la defección española demostró aún más el profundo rechazo que la agresión contra Irak sigue provocando en el mundo. Aunque no cabe negar que el 11-M incidió fuertemente en el voto, no es menos cierto que encontró terreno abonado en un pueblo que había repudiado como pocos esa guerra. Si se da por cierto que los sistemas democráticos repudian la guerra, debe aceptarse también que España goza de ese sistema y que EEUU no, porque la concentración del dinero en un puñado de personas ha conducido a un sistema plutocrático, vaciado de libertad, con un pueblo manipulado al gusto de esa plutocracia.

Un año después del inicio de la guerra el mundo está peor. El terrorismo se ha expandido, la ONU no levanta cabeza, Irak está sumido en la incertidumbre y la potencia agresora se atrinchera en los palacios de Sadam. Coincidiendo con el aniversario del dislate belicista, la británica BBC hizo pública una sospechosa encuesta según la cual la mayoría de iraquíes están satisfechos con la situación del país. Tanta felicidad mueve a risa pues la encuesta parece una apología de las guerras de conquista, en tanto que obvia el tema central de la ocupación extranjera, que los iraquíes no quieren.

EEUU no abandonará voluntariamente Irak. No lo ha hecho antes en ninguno de los países que ha ocupado. Es historia harto conocida en Latinoamérica. EEUU continúa en Puerto Rico y Guantánamo, en Honduras y Haití. El patrón que sigue en Irak lo ensayó por vez primera en Nicaragua en 1909. Derrocó a su presidente, invadió el país, nombró a un procónsul, puso a gobernar al empleado de una empresa norteamericana, entregó los recursos del país a empresas de EEUU y organizó elecciones vigiladas que ganó su candidato. Irak es hoy una historia del Caribe. Pero no estamos en 1909 ni Irak es el Caribe.

Alguien debe decirle a EEUU que sin entregar el poder a la ONU no habrá salida a la crisis. De ahí el riesgo de buscar resoluciones complacientes para cubrir las formas y facilitar que España continúe. Porque no se trata de la forma sino del fondo. Tan serio como decidir si se quiere una paz duradera o se crea una segunda Palestina. En la primera llevan 40 años de guerra sin fin. Y cada día peor, como lo probó el asesinato del jeque Yasin. La duda, en este caso, ofende.

Augusto Zamora R. es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Autónoma de Madrid. Publicado en El País. a_zamora_r@terra.es

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