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Los 'daños colaterales' se disparan en Iraq

Robert Fisk 


Mundoarabe.org, 9/09/2005
Junto a los restos de un coche bomba que mató a siete norteamericanos en la esquina de una calle vecina, se encuentra la tienda, cerrada a cal y canto, de un vendedor de teléfonos que puso en sus móviles fotos de Saddam a lomos de un burro. Lo mataron hace tres días, a él y a otros tres hombres que habían cometido el mismo pecado. Estamos en el barrio de Al Yamia. Hemos oído el murmullo de un Humvee estadounidense calle arriba, así que, por si acaso, hemos retrocedido y nos hemos colado por una calle lateral. En esta parte de Bagdad conviene evitar no sólo a los insurgentes sino también a los norteamericanos.

Yassin Al Samerai no lo consiguió. El 14 de julio, aquel chico de segundo de primaria había salido para pasar la noche con dos compañeros de escuela, y los tres habían decidido - era el mes más caluroso del año en esta ciudad sin electricidad- dormir en el jardín de delante de la casa. Dejemos continuar el relato a su abatido padre Selim, de 65 años, el único que todavía no puede creer que su hijo ha muerto, ni lo que los estadounidenses le contaron después.

"Eran las tres y media de la madrugada y estaban durmiendo los tres, Yassin y sus amigos Fahed y Walid Jaled. Por la calle pasaba una patrulla norteamericana, y de repente un vehículo blindado Bradley atravesó la verja y el muro y pasó por encima de Yassin. Ya sabe usted lo que pesan esos trastos. Murió al instante. Pero los americanos no se dieron cuenta de lo que habían hecho. El chico estuvo diecisiete minutos atrapado debajo del vehículo. Um Jaled, la madre de sus amigos, no paraba de gritar en árabe: ´Hay un niño debajo de este vehículo´".

Según Selim Al Samerai, la primera reacción de los norteamericanos fue esposar a los otros dos chicos. Luego llegó una intérprete libanesa que trabajaba para los norteamericanos - reconocieron su origen por el acento; últimamente los intérpretes iraquíes, a quienes la resistencia tiene en el punto de mira, están siendo reemplazados por intérpretes procedentes de otros países árabes- y les explicó que se había tratado de un error. "No tenemos nada contra ustedes", dijo. Los norteamericanos les entregaron un papel plastificado titulado "Tarjeta de bolsillo para reclamaciones iraquíes" que explica en inglés y árabe cómo solicitar compensaciones. La familia Al Samerai melo enseñó con repugnancia.

La patrulla norteamericana cuyo Bradley atropelló a Yassin aparece consignada en el documento como "256 BCT A/ 156 AR, Morteros". En el apartado "Tipo de incidente", un norteamericano había escrito: "Verja y puertas destruidas en redada". En efecto, la verja estaba destruida. Y también lo estaban las puertas. Pero nadie le dijo a la familia que hubiera habido una redada.

Y nada, absolutamente nada en el formulario insinúa que en la misma redada se destruyó algo más: la vida de un muchacho aficionado al fútbol que se llamaba Yassin Al Samerai.

Ayer, en medio del calor sofocante del mediodía, una bandera negra colgaba en la fachada de la casa de Yassin en recuerdo de su temprana muerte. Y allí estará hasta que pasen los cuarenta días de luto preceptivos.

Dentro, su padre Selim se convulsiona presa de la ira y luego llora silenciosamente y se seca los ojos. "Seguro que está en el cielo", replica uno de sus siete hijos varones supervivientes. Y el anciano me mira y dice: "También le gustaba nadar. Quería ser ingeniero". Selim, hasta hace un tiempo respondad sable técnico en la facultad de Letras de la Universidad de Bagdad, no es más que una sombra. Está sentado en su silla con los hombros caídos hacia delante, el rostro amarillento y las mejillas hundidas. Ésta es una familia suní en un barrio suní. Para los norteamericanos es zona insurgente,y por eso irrumpen estrepitosamente en las calles estrechas por la noche. Hace varios días, un colaborador reveló el escondite de un grupo de guerrilleros suníes, y las tropas estadounidenses rodearon la casa. Después de una batalla a tiros que duró dos horas, un helicóptero Apache surgió como un relámpago de la oscuribres y lanzó una bomba que mató a todos los que estaban dentro. En otra ocasión, después de otra confidencia, los norteamericanos encontraron una casa amueblada, pero vacía. Y la volaron con explosivos.

Todos los que están en la habitación reniegan a media voz contra los norteamericanos y Occidente. Me doy cuenta enseguida y les expreso mi gratitud por dejarme entrar en su casa después de lo que ha sucedido, pese a ser occidental. Selim se gira hacia mí y me da la mano. "Es usted bienvenido", me dice. "Por favor, cuente a la gente lo que nos ha pasado".

Por supuesto, prometo hacerlo. Fuera, mi chófer escudriña la calle. La misma historia de siempre: un coche con tres hombres dentro o un hombre con un móvil significa: "Hay que marcharse de aquí". El sol cae a plomo. Es viernes. "Esos tipos se toman li-los viernes", me dice el chófer en tono de confidencia. "Los norteamericanos volvieron dos días después con un oficial", continúa Selim Al Samerai. "Nos ofrecieron una compensación. La rechacé. Le dije al oficial que había perdido a mi hijo: ´No quiero dinero. El dinero no me devolverá ami hijo. El dinero no resucita a los muertos´. Eso es lo que le dije". Se hace un largo silencio en la habitación. Pero Selim, que no deja de llorar, insiste en seguir hablando.

"Le dije al oficial estadounidense: ´Matáis a los inocentes, y esas cosas harán que la gente os destruya y haga una revolución contra vosotros. Decíais que habíais venido a liberarnos del régimen anterior, pero lo que hacéis es destruir nuestras verjas y nuestras puertas´". De repente me doy cuenta de que Selim Al Samerai se ha enderezado en la silla y de que su voz ha cobrado fuerza. "¿Y sabe lo que me dijo él? Me dijo: “Es la fatalidad”. Me lo quedé mirando y le dije: “Yo creo a pies juntillas en la fatalidad divina, pero no en esa de la que habláis vosotros".

Entonces, uno de los hermanos de Yassin me dice que hizo una foto al cadáver del chico cuando estaba tendido en el suelo. La tomó con su teléfono móvil y la imprimió, y cuando los norteamericanos volvieron al cabo de dos días, le pidieron que se la enseñase. "Me preguntaron por qué la había tomado, y les dije: ´Para que la gente vea lo que los norteamericanos le han hecho a mi hermano´. Me pidieron que se la dejase yme prometieron devolverla. Se la di, pero nome la han devuelto. Es igual, todavía la tengo en el móvil y la he vuelto a imprimir". Y de repente la tengo en mis manos: una instantánea obscena y terrible de la cabeza de Yassin aplastada como si la hubiera pisado un elefante y un reguero de sangre manando de lo que había sido la parte posterior de su cerebro. "Ya lo ve", me explica el hermano, "así la gente puede seguir viendo lo que han hecho los norteamericanos". Ayer, en medio del calor, salimos a hurtadillas de Al Yamia, lugar trufado de insurgentes y de norteamericanos, de dolor y de venganza. "Cuando explotó el coche bomba ahí enfrente - me cuenta el chófer- los Humvees norteamericanos ardieron durante tres horas sin que nadie sacara los cadáveres. A los norteamericanos les costó tres horas llegar hasta ellos. Alrededor había un corro enorme de gente mirando". Y contemplo el coche carbonizado tirado aún en la calle y me doy cuenta de que se ha convertido en un pequeño icono de la resistencia. Y me pregunto una vez más cómo puede alguien creer que los norteamericanos ganarán esta guerra.

Traducción: Joan Parra © The Independent  / La vanguardia.

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