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Detener A Sadam no es una victoria

ANTONI SEGURA

La manera de cogerle indica que el ex dictador ya no controlaba nada. La ocupación de Irak sigue siendo un problema para Bush

La noche del sábado, las tropas norteamericanas descubrían el escondite de Sadam Husein en el sótano de una tienda de frutas de la localidad de Adouar, a unos 30 kilómetros de Tikrit, ciudad que se encuentra muy cerca de donde nació el dictador hace 65 años. Las imágenes de la captura mostraban a un Sadam desaliñado, con la barba y el pelo largos, dócil, atemorizado y psicológicamente hundido. La destrucción del régimen del partido Baaz, más de ocho meses de fuga y la muerte de sus dos hijos, Uday y Qusay, el pasado 22 de julio han dejado sus marcas en el rostro del dictador.

El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, se ha apresurado a felicitar al pueblo de Irak y a las tropas de la coalición por la captura del exdictador, pero sabe muy bien que esto no significa el fin de la resistencia, que, después de terminada la guerra (oficialmente el 1 de mayo), se ha cobrado ya cerca de 400 víctimas entre las fuerzas ocupantes (entre ellos, 19 italianos y 9 españoles), centenares de víctimas iraquíes y decenas de personas de la Cruz Roja, de la ONU y de algunas embajadas.

La captura de Sadam no es más que una victoria aparente, que sirve para acallar momentáneamente las críticas por las dificultades de la posguerra. La forma en que le han cogido, sin oponer resistencia alguna, el lugar en el que se escondía y las imágenes del dictador hacen pensar que, en estos momentos, no controlaba nada, ni tan siquiera la resistencia del Ejército y del partido Baaz, que actuaría bajo el mando del general Ezzat Ibrahim Al Duri, el segundo hombre del régimen, por quien se ofrecen 10 millones de dólares.

Es muy probable que el presidente Bush (y de rebote su epígono, el presidente español José María Aznar) utilice la captura de Sadam para legitimar una guerra ilegal, afirmar que se ha cumplido el objetivo de poner fin al régimen de Sadam y tapar el cinismo del reparto de los contratos de reconstrucción de Irak, verdaderos contratos de sangre, y del escándalo de la ex empresa del vicepresidente Dick Cheney, Halliburton, que cobraba un sobreprecio (en la venta de combustible) por unos servicios deficientes y fraudulentos (suministrar alimentos y bebidas en mal estado a las tropas). Sin embargo, la crisis de Irak no está cerrada y cada día que pasa resulta más difícil la salida. Hay que contemplar, al menos, tres razones.

En primer lugar, la detención de Sadam y el fin de su régimen no acabarán con la resistencia, que no sólo incluye a ex miembros del Ejército y del Partido Baaz, sino a multitud de grupos más o menos coordinados, que en algunos casos forman parte de la constelación de Al Qaeda. Como señalaba hace unos días el corresponsal de The Independent, Robert Fisk, entre los miembros de la resistencia se ha detectado la presencia de veteranos de la jihad de diferentes procedencias.

En segundo lugar, las tropas ocupantes tienen la obligación de garantizar el orden, la seguridad y el funcionamiento del país, lo cual están lejos de hacer. En las últimas semanas se han incrementado los atentados de la resistencia ante la impotencia de las tropas ocupantes. Hace dos días, el administrador civil, Paul Bremer, advertía de que la "violencia se incrementará en los próximos seis meses", lo cual podría "frustrar la transición a la democracia".

En tercer lugar, la ocupación de Irak ha abierto un proceso de desestabilización de Oriente Próximo que la política de Ariel Sharon (y muy especialmente la construcción del muro y los asesinatos selectivos) y las amenazas y sanciones de Washington contra Irán y Siria no hacen más que alimentar.

En definitiva, el fin de Sadam no cambia en exceso el escenario de Irak y de Oriente Próximo. En todo caso, sirve para mejorar la menguada popularidad del presidente Bush, que quizá lo aproveche para acelerar la cesión de poderes al Consejo del Gobierno iraquí que lidera Abdel Aziz Al Hakim. Sin orden ni garantías internacionales, sería una huida hacia delante que no aseguraría la democracia tantas veces prometida, pero sí la retirada de las tropas de ocupación y los intereses de las empresas norteamericanas.

Antoni Segura: Es Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona.

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